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martes, 6 de julio de 2010

Crónicas de Tannhäuser: Metrópolis




“El mediador entre el cerebro y las manos ha de ser el corazón”


María, Metrópolis



Cuenta la leyenda que Fritz Lang se enamoró de Nueva York al verla desde el mar, a bordo del navío en el que viajaban él y su esposa Thea von Harbou para conocer los grandes estudios americanos, y adquirir material para su nueva producción. Lang, anonadado con las luces de los grandes rascacielos de la Gran Manzana, supo que su nueva película debía poseer la fuerza, belleza y verticalidad de tan magnas edificaciones. El guión, escrito por él y su esposa en 1924, se veía una y otra vez modificado por la abundante cantidad de ideas que la ciudad de la costa este suscitó a la inquieta mente del director austríaco. Casualmente, aquel guión titulado Metrópolis, también se convertiría en una película harto remontada y desmenuzada por varias manos insensatas que a punto estuvieron de hacerla desaparecer.

La última versión, aún incompleta, data de 2008, gracias a que se encontraron 23 minutos inéditos del film en una lata en Buenos Aires. Actualmente sigue siendo un enigma el paradero de cientos de metros de una película que se quiso destruir por parte de los nazis en los treinta, sobrevivió sorprendentemente a la II Guerra Mundial en los cuarenta y a los tijeretazos de montadores que quisieron recontar la historia por su cuenta en los cincuenta, como por ejemplo Channing Pollock (no confundir con el mago), que cambió la totalidad de la historia y su montaje fue confundido como el original hasta finales de los ochenta. Es triste saber que esta mastodóntica producción del mudo haya llegado mutilada y renqueante a nuestros días, convirtiéndose en la obsesión de todo cinéfilo u historiador, para posteriormente ser rechazada y olvidada por uno de los directores más brillantes de la historia del cine: “¿Por qué tanto interés en una película que ya no existe?”, frase del mismísimo Fritz Lang.

Metrópolis, al igual que el Titanic, fue una obra monumental que terminó hundiéndose por su propio peso. A mediados de los años veinte, las dos industrias cinematográficas con más fuerza eran la americana y la alemana. En esta última encontramos a un célebre personaje que produjo las grandes obras maestras del expresionismo alemán y que se convirtió en el jefe de producción de la UFA (Universum Film AG), el estudio alemán más importante en la primera mitad de siglo; Erich Pommer. Lang y Pommer formaron una prolífica sociedad que les condujo al éxito con trabajos como Dr. Mabuse, el Jugador (1922) o Los Nibelungos (1924). Pommer, confiado del inmenso talento de Lang, apoyó el proyecto en todo momento, convirtiéndolo en el más caro de la historia en aquel entonces, requiriendo hasta 15.000 extras (aunque se utilizaron muchos menos), construyendo inmensas y costosísimas escenografías que prolongaron el rodaje durante casi dos años, aumentando el presupuesto de 1 millón de marcos a 7 (equivaldría a unos 3’5 millones de euros), haciendo de Metrópolis el equivalente en cinematográfico de las pirámides de Egipto, buscando crear la octava maravilla del mundo.



La titánica y pretenciosa producción se ubicaba en una distópica ciudad futurista en la cual la clase alta vive con todo tipo de comodidades en la superficie, rodeada de impresionantes rascacielos en una megalópolis de unos 60 millones de habitantes. La clase baja, en cambio, sobrevive en el subsuelo, trabajando en las oscuras entrañas de la tierra y operando las máquinas que dan la vida a la gran ciudad por un mísero salario, explotados, sin concesiones y oprimidos. Freder (Gustav Fröhlich), hijo del dueño de la ciudad, John Fredersen (Alfred Abel), se enamora de una tal María (Brigitte Helm), una bondadosa chica de los barrios bajos que cuida de los niños y tiene un alma enormemente caritativa. Freder, tras seguir a María hacia el subsuelo, descubre que los obreros viven en condiciones infrahumanas e intenta convencer a su padre de mejorar en la medida de lo posible su calidad. Mientras tanto, Fredersen (padre) descubre que los obreros se unen en las catacumbas de la monstruosa ciudad para escuchar las palabras de María, que les insistirá a continuar trabajando y persistiendo hasta la llegada de un mediador que mejorará la situación en la que se encuentran. Fredersen pedirá consejo al inventor Rotwang (Rudolf Klein-Rogge), que creará un robot idéntico a María que alentará a la masa obrera a la revolución, de este modo Fredersen tendrá una excusa perfecta para atacarlos y aleccionarlos. Lo que Fredersen no predice es la traición del rencoroso Rotwang, que intentando saciar sus ansias de venganza por un conflicto que tuvieron en el pasado, hará que el robot de María, contenedor del espíritu de su difunta esposa, ordene a los obreros a destruir Metrópolis.

La silente producción es rutilante a todos los niveles, desde la fotografía a la realización o la dirección artística. La fotografía del mítico Karl Freund, la cual llega quitar el aliento en más de una ocasión, está repleta de espléndidos matices. Partiendo de los inmensos planos generales, la luz tenue y oscura de las profundidades contrastada con la luminosidad de los edificios y los focos que iluminan el firmamento, demuestra que Metrópolis es más que una simple superproducción, sellando una clara declaración de intenciones con respecto a su calidad artística final. Rescataría la secuencia en la que Rotwang persigue a María por las catacumbas, iluminándola con un foco, descubriéndola en la más profunda oscuridad; maravillosa. Por otro lado, contaban con un estupendo creador de efectos especiales, quizás uno de los más célebres de la primera mitad del siglo XX. Eugen Schüfftan había creado un nuevo y original método que permitía combinar en un mismo plano mediante un juego de espejos (todo es humo y espejos), miniaturas y pequeñas maquetas con objetos, personas o escenografías a escala real. En el film podremos apreciar muchos planos realizados mediante el “procedimiento Schüfftan”, los cuales suelen ser de planos muy amplios de la ciudad o de los miles de extras.



La talentosa dirección del film deja asombrado a cualquiera, de hecho, en muchos momentos parece no haber envejecido en demasía (83 años tiene), ya sea por el tempo en el montaje o por el tipo de realización. El talento de Lang no tenía límites, tengamos en cuenta el grandísimo número de extras de los que disponía y el gran tamaño de la producción que debía dirigir; admirable. La voluntad de Lang por marcar un estilo propio, hizo que contrataran a Erich Mendelsohn, prestigioso arquitecto que se caracterizaba por su estilo de “Art deco”. Fijándonos en el diseño de los edificios, los espacios interiores e incluso en el robot (C-3PO), reparamos en que la película es un pastiche de Art Deco (como dije antes), gótico, medieval, diseños futuristas y continuas reminiscencias simbólicas hacia el satanismo y la religión cristiana.


Cierto es que el guión está cargado de un atractivo misticismo. Las influencias van desde el romanticismo con el Frankenstein de Shelley (sólo hay que ver el robot), hasta la Bíblia, con la figura de María y el mediador como Mesías (Freder). El futurismo planteado por Lang es mestizo, con tintes de ritos del medioevo donde incluso se practica la quema de brujas y paralelismos con la situación política de la época. Una interpretación bien podría ser: “Alemanes trabajando día y noche sin libertad ni respiro alguno para que los rascacielos de la gran ciudad crezcan y crezcan”, con respecto a la deuda que la República de Weimar debía a los países aliados tras la I Guerra Mundial. Siempre se ha hablado del mensaje nacionalsocialista del film, el cual hace hincapié en la crítica y la repugna hacia la revolución obrera, mientras que glorifica la unión entre las clases, la cooperación y el trabajo conjunto. Sin más dilaciones, prefiero dejaros con el slogan político-naif que Thea Von Harbou escribió para el final en boca del personaje de María; “El mediador entre las manos y el cerebro ha de ser el corazón”.



La película fue un fracaso estrepitoso que dejó en la bancarrota a la UFA. Su estreno en 1927, con ese monumental presupuesto y teniendo en cuenta la situación económica que vivía la débil República de Weimar, no ayudaron a obtener la simpatía deseada por parte de público y crítica. Años más tarde, Fritz Lang se vería obligado a huir de Alemania por la amenaza nazi, concretamente por parte de su mujer (y recuerdo, también guionista de Metrópolis) Thea von Harbou, que le acusó de judío ante las autoridades alemanas. El gobierno nazi declaró obsceno y perturbado al movimiento expresionista. Aquel cine que tantas miradas atrajo con maravillosos directores como Murnau, Lang o Wiene, ahora era perseguido y destruido por tiranos, cosa que provocó que la mayoría de copias de Metrópolis ardieran en la hoguera. Afortunadamente Metrópolis no corrió la suerte de tantas otra películas que se perdieron en el olvido y pudo rescatarse, sin embargo nos ha llegado cercenada, desmembrada y maltratada por culpa de una panda de ineptos.

Joya mística de la ciencia ficción.


martes, 2 de marzo de 2010

Crónicas de Tannhäuser: Amanecer: Una canción de dos seres humanos


"Esta canción del hombre y de su esposa proviene de ninguno y de todos los lugares:
podrías oirla en cualquier lugar, en cualquier momento.

Dondequiera que salga y se ponga el Sol,
en la confusión de la gran ciudad o bajo el cielo despejado de una granja.

La vida es muy parecida; a veces es amarga, a veces dulce."

Amanecer: Una canción de dos seres humanos.


1927 es quizás el año más importante dentro de la historia del cine, fue el año de la gran revolución cinematográfica; la incorporación del sonido. Esta fecha fue trascendental dentro de la historia del séptimo arte, a causa de este avance tecnológico, muchas carreras se vieron afectadas para bien o para mal, muchos no supieron adaptarse, otros tantos se aprovecharon de las nuevas herramientas que estaban a su disposición.

En esta fecha también encontramos estrenos de películas antológicas como El cantor de jazz (Alan Crosland), El maquinista de la General (Buster Keaton), Octubre (Eisenstein) o Metrópolis (Fritz Lang), sin embargo me gustaría destacar la primera película de Murnau en tierras americanas, Amanecer: Una canción de dos seres humanos.


Friedrich Wilhelm Murnau, un virtuoso director alemán que consiguió avanzarse varias décadas a su tiempo, fue uno de esos genios atípicos, volátiles y quizás malditos, como lo denominó Raúl Ruiz; "el poeta del silencio". Murnau nos dejó con tan sólo 40 años en un fatal accidente automovilístico, además, se han perdido la mayoría de sus obras, muchas se deterioraron con el paso del tiempo, otras tantas ardieron en la hoguera.

Situémonos; en los años veinte el cine alemán gozaba de su época dorada. En ella encontramos grandes títulos (El gabinete del doctor Caligari, Nosferatu, Metrópolis, El último o Bajo la máscara del placer) y grandes directores como Firtz Lang, Pabst, Wiene o el mismísimo Murnau.

El detonante lo hallamos en El gabinete del doctor Caligari, de Robert Wiene. Su estética causó un gran impacto en la Europa de aquel entonces e hizo que el cine alemán diera un salto y cruzara el Atlántico. En ella encontramos reminiscencias cubistas en una poco habitual escenografía, un dominio fotográfico inusitado combinado con un excesivo maquillaje; parecía que los decorados fueran a cobrar vida de un momento a otro. En aquel entonces, todas las producciones de estética similar fueron bautizadas como “caligaristas”; con el tiempo, este movimiento fue rebautizado como el expresionismo alemán.

Volviendo al 1927, la Fox se fijó en el director alemán tras el estreno de El último; según las palabras del mismísimo William Fox: “Lo contratamos porque no teníamos ni idea de como había rodado la película”. Esto se debe al tipo de realización de la película, la cual nos introduce en pequeños espacios, hay secuencias de seguimiento a personajes y abandona la frontalidad de la mayoría de producciones contemporáneas. Gracias a ello, el espectador podía introducirse mejor en la historia e identificarse mucho más con el protagonista; este movimiento intimista dentro del expresionismo es el denominado "Kammerspielfilm".


Tras pisar suelo estadounidense, Murnau supo que la intención de la productora era hacer un producto casi idéntico a El último y competir con la nueva producción de la Warner, la primera película sonora; El cantor de jazz.


Para satisfacer los deseos de la Fox; Murnau optó por utilizar un desconocido sistema que imprimía el sonido en la película durante la grabación, este sistema se llamaba Movietone y acabó por desbancar el Vitaphone de la Warner, no obstante, la película seguía siendo muda, sólo se registraron sonidos ambiente con este sistema.

Respecto al argumento, decidió seguir por la misma línea que con su anterior producción y junto con su compañero Carl Mayer adaptaron el popular drama de Pasaporte a Tilsit. El director tenía la intención de rodar una película sin intertítulos, ya que para él, el ritmo de la historia era muy importante y no debía de verse perjudicado por la intromisión de los intertítulos. Murnau no logró conseguirlo, en cambio, nos dejó una maravilla cinematográfica equiparable a un Ciudadano Kane en su época.


Amanecer narra la historia de una joven familia que vive en el campo. Su vida es tranquila, feliz y rutinaria hasta la llegada de una mujer de la ciudad al pueblo (Margaret Livingston). Esta mujer seduce y enamora perdidamente al marido (George O’Brien). La mujer va corrompiendo el corazón del campesino con sueños de una vida mejor en la ciudad. Finalmente, la mujer le plantea el hecho de asesinar a su esposa (Janet Gaynor, ganadora del Oscar por su interpretación) e irse con ella. El plan es el siguiente: coger la barca con la excusa de ir a la ciudad, a mitad de trayecto el campesino debería de empujar a su esposa al lago, como ella no sabe nadar, acabará muriendo ahogada y parecerá un terrible accidente. No obstante, la mujer no cuenta con la bondad que se esconde en el corazón del campesino, cosa que acaba por fastidiar el plan. El joven matrimonio se reconcilia y pasan un precioso día en la ciudad. En el momento de volver a casa, una terrible tormenta hace zozobrar la pequeña embarcación. Tras unos instantes de confusión y caos, el campesino, empapado y desorientado, despierta en la costa. Al ver que su mujer no está con él y observar como los pedazos de madera de la barca son mecidos por la marea, decide reunir a todo el pueblo para iniciar su búsqueda. La retorcida amante estalla de júbilo al creer haber tenido éxito con su plan, en cambio, el campesino la busca y se lanza sobre ella intentando estrangularla.


Murnau nos introduce en una atmósfera en la que hay dos mundos contrastados:
uno es caótico y puede corromper hasta los corazones más inocentes (ciudad), el otro aún mantiene los valores y tradiciones de antaño (campo). El simbolismo del film y su estética claroscurista hacen de esta obra una historia casi esotérica; en la noche encontramos a los demonios internos, la semilla de la duda y la perversión, en cambio, el día simboliza la iluminación, la verdad, el conocimiento y la salvación.


Tras esta dramática y humana historia hay una realización maravillosa y única, adelantada a su tiempo, llena de virtuosismos y efectos especiales que la dotan de un sello único. Esto hizo que fuera ganadora del Oscar a la mejor fotografía y a la mejor calidad artística (Oscar más valorado por aquel entonces). La estética del film influenció a muchos cineastas posteriores como lo fueron Dziga Vertov (El hombre de la cámara) o al mismísimo Orson Welles (Ciudadano Kane).

Una joya muda.

Los cineastas debemos resignarnos a la idea de que en un futuro seamos juzgados por críticos que desconocerán las películas de Murnau.

François Truffaut


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