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viernes, 23 de julio de 2010

Crónicas de Tannhäuser: M, el vampiro de Düsseldorf



“Tengo que circular por las calles huyendo constantemente.
Hay alguien que me persigue... y soy yo mismo.”


Franz Beckert, M, el vampiro de Düsseldorf



El aire turbio que entraba a los pulmones de cualquier ciudadano de la República de Weimar a principios de 1930 contenía una alta carga de pesimismo y decadencia. Esto era debido a un cúmulo de sucesos que se amontonaron sobre el pecho de un estado moribundo que se ahogaba bajo los pecados cometidos durante la I Guerra Mundial. El tratado de Versalles, la hiperinflación y la hambruna, sumieron al país en la máxima oscuridad, siendo saqueado por media Europa y humillado por la otra mitad. La miseria y la falta de atención sanitaria unidas a la altísima tasa de desempleo, hicieron que el ocio se convirtiera en un medio de evasión para las masas, lo que derivó en el nacimiento de una titánica industria del ocio en torno a la prensa, la radio y especialmente el cine.

Durante los veinte, muchos directores oriundos del país y de las tierras escandinavas vivieron su época dorada de la mano de productoras tan ilustres como la UFA. Sin duda alguna, Fritz Lang fue uno de ellos, que junto a Murnau, Pabst y Wiene se convirtieron en los estandartes del expresionismo alemán, consiguiendo por primera vez que el mundo perdiera de vista (al menos por un momento) a la industria americana y girara la cabeza hacia tierras teutonas. Sin embargo y como ya dije anteriormente, a principios de la década de los treintas la situación se tornó insostenible, la crisis afectó de lleno a la industria cinematográfica y el crack del 29 terminó por rebanar todos los atisbos de esperanza de los alemanes.

Paralelamente, Lang comenzaba a labrarse un nombre como “director fracaso” por haber encadenado tres estrepitosos descalabros; Metrópolis (1927), Spione (1928) y La mujer en la Luna (1929). Estas tres mastodónticas y ostentosas producciones terminaron por hundir a la UFA y llevarla al borde de la bancarrota (hasta que la rescató Goebbels en 1933). Para más inri, el director austríaco era malmirado por parte de la crítica y sus colegas por hacer un cine de evasión y entretenimiento, tal y como ellos lo llamaban ya en aquel entonces, hacía un cine americanizado. Los sucesos en el país estaban cambiando la mentalidad de la sociedad, preocupándose por la actualidad sociopolítica de la República de Weimar, acercándose a la realidad de las clases más humildes y haciendo un purgador ejercicio de autocrítica.

Ávido lector de periódicos y a sabiendas de que muy posiblemente afrontaba su siguiente producción como uno de sus últimos cartuchos, Lang prestó especial atención a una truculenta tendencia que había aumentado ostensiblemente desde principios de la década de los veinte, estamos hablando de la aparición en Alemania de varios asesinos en serie.


Junto con su esposa y guionista Thea Von Harbou, se empaparon de nombres como Karl Denke, Fritz Haarman, Karl Grossmann o Bruno Lüdke; todos ellos tenían en común una especial predilección por los niños (hechos que propiciaron la invención de canciones como las que escuchamos al inicio del film). Mientras Von Harbou escribía el guión a mediados de 1930, Lang se encontraba investigando y aprendiendo los métodos que la “polizei” berlinesa empleaba a la hora de seguir la pista a un asesino de esa calaña. Durante aquellos días un nombre estuvo en boca de todos, un nombre que atemorizó durante meses a los habitantes de Düsseldorf. Peter Kürten, conocido como el “vampiro de Düsseldorf” (ya que solía desangrar a sus víctimas para luego beberse su sangre), había sido arrestado por el asesinato de nueve personas de las cuales, cuatro eran niños. Sus últimas palabras antes de ser guillotinado fueron: “Dígame, cuando me haya decapitado, ¿Podré oír siquiera un momento el ruido de mi propia sangre saliendo del cuello?”, poniendo de manifiesto su enfermiza obsesión por la sangre.


Lang, abrumado por la historia y la frialdad de Kürten, decidió reconstruir a su asesino a imagen y semejanza que el vampiro de Düsseldorf. Al reencontrarse, mezclaron toda la información recopilada de manera que la historia quedó partida entre las fases en las que el asesino cometía sus crímenes y la investigación policial, creando sin saberlo, las bases de toda película policiaca.

Paralelamente, el director austríaco era consciente del reto que tenía ante sus ojos y de la necesidad de cambio en su estilo. La pieza clave fue el sonido, que había hecho su aparición en 1927 y del que aún recelaban muchos directores. Lang tomó la muy acertada decisión de hacer la película sonora, eso sí, se aseguró de antemano de disponer de los más avanzados equipos de sonido de la época. Parecía ser que Lang había dado la vuelta a la tortilla con una película que se postulaba como una de las más polémicas de la década, de hecho, se curó un poco de esa polémica al cambiar el título original del film, El asesino está entre nosotros, algo que bien podía entenderse con referencia al protagonismo que Hitler y el partido nazi estaban adquiriendo en aquel momento. Lang, el cual además era de ascendencia judía, cambió el título y lo dejó tal cual lo conocemos hoy día; M, el vampiro de Düsseldorf.

El argumento nos narra la historia de Hans Beckert (Peter Lorre), un psicópata asesino que tiene a todo Berlín (aunque aquí se dijera que era Düsseldorf) con el corazón en un puño por las continuas desapariciones y asesinatos de niños en la localidad alemana. Tras varios asesinatos, todo el cuerpo policial y la ciudadanía se movilizan para emprender la búsqueda del sanguinario Beckert. El desacuerdo y la mala coordinación propiciarán la huida del asesino, no obstante, un hombre lo reconocerá mientras camina por la calle. Para delatarle se pintará con tiza una M (de Mörder) en la mano. Al tocarle la espalda, la M quedará dibujada en su espalda, cosa que le delatará y le pondrá en manos de unos ciudadanos sedientos de venganza.


La película se convirtió en un hito nada más haberse estrenado en 1931 (a España llegó en 1961, casi nada), postulándose como uno de los films más modernos de la época y poniendo el nombre de Lang como uno de los más talentosos directores del momento. Llama la atención la fuerza que mantiene la película, la cual perdura hasta nuestros días, acongojando y asombrando por igual en un alarde magistral de técnica audiovisual y destreza narrativa. El guión sigue siendo alabado por la crítica gracias a la visión un tanto picaresca de la sociedad por parte de Lang; fijémonos en lo bien organizados que están los ciudadanos para atrapar al asesino frente a la desorganización policial, o por ejemplo, el auditorio en el que los ciudadanos juzgan a Beckert, formado por mendigos y prostitutas. Por otro lado, el director defiende la imposición de la ley frente a la "justicia popular", alimentada por la cólera y la ira, que no atiende a razones y se ciega en la vendetta.

M es la primera película sonora de verdad, la primera que utiliza el sonido como una herramienta que enriquece la imagen y la nutre, otorgando información esencial al espectador: “El diálogo, utilizado con concisión, puede ser excelente para enriquecer al personaje, pero la intriga siempre debe poder contarse visualmente”, Lang dixit. Recordemos que en aquella época el sonido era un abuso más que un recurso, no hay más que observar las producciones sonoras de Hollywood para percatarse de que sólo existían musicales o películas en las que los personajes no cesaban de hablar en ningún momento.


Por otro lado, Lang incluyó en su film un conocido Leitmotiv, quizás sea el primer Leitmotiv sonoro utilizado en el cine (uno de los primeros seguro). Ante todo, aclarar que el Leitmotiv es la herramienta artística que, usada de modo recurrente, dotará al personaje o a la situación de un factor ampliamente reconocible por el espectador. En este caso, Beckert silba una canción compuesta por Edvard Grieg siempre que aparece en escena, obligándonos a prepararnos cada vez que la escuchamos, así como sucede en La noche del cazador (1955). Para muchos, este detalle no será importante, sin embargo, el hecho de poder presentar a un personaje mediante un sonido antes que con la imagen, ha sido uno de los avances más importantes del cine, ya lo dijo el mismísimo Lang; “Con M sabía que estaba haciendo algo realmente nuevo que luego pude continuar con Furia”.

Me voy extendiendo más de lo debido, lo sé, pero quedan tantas cosas por comentar, desde la tétrica y lúgubre fotografía de Fritz Arno Wagner, hasta la brillantísima interpretación de Peter Lorre, mezclando la timidez e inseguridad de un personaje que guarda una bestia sanguinaria en su interior, que siento que si me despido me habré dejado más de la mitad por hacer. No obstante, me veo obligado a concluir, no sin antes invitaros a ver una de las películas más asombrosas que jamás se hayan rodado, una joya del suspense que dejó una profundísima huella en la historia del cine, una inolvidable obra maestra.

No preguntéis, no vaciléis, no dudéis.


Vedla.


martes, 6 de julio de 2010

Crónicas de Tannhäuser: Metrópolis




“El mediador entre el cerebro y las manos ha de ser el corazón”


María, Metrópolis



Cuenta la leyenda que Fritz Lang se enamoró de Nueva York al verla desde el mar, a bordo del navío en el que viajaban él y su esposa Thea von Harbou para conocer los grandes estudios americanos, y adquirir material para su nueva producción. Lang, anonadado con las luces de los grandes rascacielos de la Gran Manzana, supo que su nueva película debía poseer la fuerza, belleza y verticalidad de tan magnas edificaciones. El guión, escrito por él y su esposa en 1924, se veía una y otra vez modificado por la abundante cantidad de ideas que la ciudad de la costa este suscitó a la inquieta mente del director austríaco. Casualmente, aquel guión titulado Metrópolis, también se convertiría en una película harto remontada y desmenuzada por varias manos insensatas que a punto estuvieron de hacerla desaparecer.

La última versión, aún incompleta, data de 2008, gracias a que se encontraron 23 minutos inéditos del film en una lata en Buenos Aires. Actualmente sigue siendo un enigma el paradero de cientos de metros de una película que se quiso destruir por parte de los nazis en los treinta, sobrevivió sorprendentemente a la II Guerra Mundial en los cuarenta y a los tijeretazos de montadores que quisieron recontar la historia por su cuenta en los cincuenta, como por ejemplo Channing Pollock (no confundir con el mago), que cambió la totalidad de la historia y su montaje fue confundido como el original hasta finales de los ochenta. Es triste saber que esta mastodóntica producción del mudo haya llegado mutilada y renqueante a nuestros días, convirtiéndose en la obsesión de todo cinéfilo u historiador, para posteriormente ser rechazada y olvidada por uno de los directores más brillantes de la historia del cine: “¿Por qué tanto interés en una película que ya no existe?”, frase del mismísimo Fritz Lang.

Metrópolis, al igual que el Titanic, fue una obra monumental que terminó hundiéndose por su propio peso. A mediados de los años veinte, las dos industrias cinematográficas con más fuerza eran la americana y la alemana. En esta última encontramos a un célebre personaje que produjo las grandes obras maestras del expresionismo alemán y que se convirtió en el jefe de producción de la UFA (Universum Film AG), el estudio alemán más importante en la primera mitad de siglo; Erich Pommer. Lang y Pommer formaron una prolífica sociedad que les condujo al éxito con trabajos como Dr. Mabuse, el Jugador (1922) o Los Nibelungos (1924). Pommer, confiado del inmenso talento de Lang, apoyó el proyecto en todo momento, convirtiéndolo en el más caro de la historia en aquel entonces, requiriendo hasta 15.000 extras (aunque se utilizaron muchos menos), construyendo inmensas y costosísimas escenografías que prolongaron el rodaje durante casi dos años, aumentando el presupuesto de 1 millón de marcos a 7 (equivaldría a unos 3’5 millones de euros), haciendo de Metrópolis el equivalente en cinematográfico de las pirámides de Egipto, buscando crear la octava maravilla del mundo.



La titánica y pretenciosa producción se ubicaba en una distópica ciudad futurista en la cual la clase alta vive con todo tipo de comodidades en la superficie, rodeada de impresionantes rascacielos en una megalópolis de unos 60 millones de habitantes. La clase baja, en cambio, sobrevive en el subsuelo, trabajando en las oscuras entrañas de la tierra y operando las máquinas que dan la vida a la gran ciudad por un mísero salario, explotados, sin concesiones y oprimidos. Freder (Gustav Fröhlich), hijo del dueño de la ciudad, John Fredersen (Alfred Abel), se enamora de una tal María (Brigitte Helm), una bondadosa chica de los barrios bajos que cuida de los niños y tiene un alma enormemente caritativa. Freder, tras seguir a María hacia el subsuelo, descubre que los obreros viven en condiciones infrahumanas e intenta convencer a su padre de mejorar en la medida de lo posible su calidad. Mientras tanto, Fredersen (padre) descubre que los obreros se unen en las catacumbas de la monstruosa ciudad para escuchar las palabras de María, que les insistirá a continuar trabajando y persistiendo hasta la llegada de un mediador que mejorará la situación en la que se encuentran. Fredersen pedirá consejo al inventor Rotwang (Rudolf Klein-Rogge), que creará un robot idéntico a María que alentará a la masa obrera a la revolución, de este modo Fredersen tendrá una excusa perfecta para atacarlos y aleccionarlos. Lo que Fredersen no predice es la traición del rencoroso Rotwang, que intentando saciar sus ansias de venganza por un conflicto que tuvieron en el pasado, hará que el robot de María, contenedor del espíritu de su difunta esposa, ordene a los obreros a destruir Metrópolis.

La silente producción es rutilante a todos los niveles, desde la fotografía a la realización o la dirección artística. La fotografía del mítico Karl Freund, la cual llega quitar el aliento en más de una ocasión, está repleta de espléndidos matices. Partiendo de los inmensos planos generales, la luz tenue y oscura de las profundidades contrastada con la luminosidad de los edificios y los focos que iluminan el firmamento, demuestra que Metrópolis es más que una simple superproducción, sellando una clara declaración de intenciones con respecto a su calidad artística final. Rescataría la secuencia en la que Rotwang persigue a María por las catacumbas, iluminándola con un foco, descubriéndola en la más profunda oscuridad; maravillosa. Por otro lado, contaban con un estupendo creador de efectos especiales, quizás uno de los más célebres de la primera mitad del siglo XX. Eugen Schüfftan había creado un nuevo y original método que permitía combinar en un mismo plano mediante un juego de espejos (todo es humo y espejos), miniaturas y pequeñas maquetas con objetos, personas o escenografías a escala real. En el film podremos apreciar muchos planos realizados mediante el “procedimiento Schüfftan”, los cuales suelen ser de planos muy amplios de la ciudad o de los miles de extras.



La talentosa dirección del film deja asombrado a cualquiera, de hecho, en muchos momentos parece no haber envejecido en demasía (83 años tiene), ya sea por el tempo en el montaje o por el tipo de realización. El talento de Lang no tenía límites, tengamos en cuenta el grandísimo número de extras de los que disponía y el gran tamaño de la producción que debía dirigir; admirable. La voluntad de Lang por marcar un estilo propio, hizo que contrataran a Erich Mendelsohn, prestigioso arquitecto que se caracterizaba por su estilo de “Art deco”. Fijándonos en el diseño de los edificios, los espacios interiores e incluso en el robot (C-3PO), reparamos en que la película es un pastiche de Art Deco (como dije antes), gótico, medieval, diseños futuristas y continuas reminiscencias simbólicas hacia el satanismo y la religión cristiana.


Cierto es que el guión está cargado de un atractivo misticismo. Las influencias van desde el romanticismo con el Frankenstein de Shelley (sólo hay que ver el robot), hasta la Bíblia, con la figura de María y el mediador como Mesías (Freder). El futurismo planteado por Lang es mestizo, con tintes de ritos del medioevo donde incluso se practica la quema de brujas y paralelismos con la situación política de la época. Una interpretación bien podría ser: “Alemanes trabajando día y noche sin libertad ni respiro alguno para que los rascacielos de la gran ciudad crezcan y crezcan”, con respecto a la deuda que la República de Weimar debía a los países aliados tras la I Guerra Mundial. Siempre se ha hablado del mensaje nacionalsocialista del film, el cual hace hincapié en la crítica y la repugna hacia la revolución obrera, mientras que glorifica la unión entre las clases, la cooperación y el trabajo conjunto. Sin más dilaciones, prefiero dejaros con el slogan político-naif que Thea Von Harbou escribió para el final en boca del personaje de María; “El mediador entre las manos y el cerebro ha de ser el corazón”.



La película fue un fracaso estrepitoso que dejó en la bancarrota a la UFA. Su estreno en 1927, con ese monumental presupuesto y teniendo en cuenta la situación económica que vivía la débil República de Weimar, no ayudaron a obtener la simpatía deseada por parte de público y crítica. Años más tarde, Fritz Lang se vería obligado a huir de Alemania por la amenaza nazi, concretamente por parte de su mujer (y recuerdo, también guionista de Metrópolis) Thea von Harbou, que le acusó de judío ante las autoridades alemanas. El gobierno nazi declaró obsceno y perturbado al movimiento expresionista. Aquel cine que tantas miradas atrajo con maravillosos directores como Murnau, Lang o Wiene, ahora era perseguido y destruido por tiranos, cosa que provocó que la mayoría de copias de Metrópolis ardieran en la hoguera. Afortunadamente Metrópolis no corrió la suerte de tantas otra películas que se perdieron en el olvido y pudo rescatarse, sin embargo nos ha llegado cercenada, desmembrada y maltratada por culpa de una panda de ineptos.

Joya mística de la ciencia ficción.


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