miércoles, 14 de julio de 2010

Crónicas de Tannhäuser: Con faldas y a lo loco



“Nadie es perfecto.”

Osgood, Con faldas y a lo loco



¿Qué queréis que os diga? El simple hecho de mencionar el título de esta obra maestra llama la atención a cualquiera suscitando comentarios por doquier, elogiándola, valorándola cual experto cinematográfico, recordando diversas secuencias de la brillantísima trama o llamando la atención a cualquier despistado que aún no la haya visto. En un principio, Con faldas y a lo loco se postulaba como una de los guiones más sórdidos de la carrera de Billy Wilder, dándola como un clamoroso fracaso antes de haberse rodado. Curiosamente, no sólo demostró todo lo contrario, sino que actualmente es una de las pocas (poquísimas) películas que han unido la opinión de la crítica mundial, la cual reconoce casi unánimemente que estamos ante la mejor comedia de todos los tiempos y una de las veinte mejores películas jamás realizadas. Asimismo, el film se erige como el principio del fin de Marilyn Monroe, como la explosión del maravilloso Jack Lemmon y como la obra cumbre de Wilder, por eso repito, ¿Qué queréis que os diga sobre una película de la cual ya se ha escrito y dicho todo?

Primero viajemos a 1951, año en el que se estrenó la película que sería el germen de la que posteriormente dirigiría nuestro amigo Wilder. Ellas somos nosotros (Fanfaren der Liebe), es una comedia alemana escrita por Michael Logan que narra la historia de dos músicos en paro que se ven obligados a disfrazarse de mujeres e infiltrarse en una banda de música femenina para poder sobrevivir. La película pasó bastante desapercibida a ojos de la mayoría, sin embargo a Wilder le llamó la atención el hecho de que los protagonistas tuvieran que pasar casi la totalidad del metraje travestidos.

El guión quedó guardado en el cajón durante largos años en los que Wilder continuó trabajando. No fue hasta 1957 cuando retomó la historia junto con su mano derecha I. A. L. “Iz” Diamond. Entre ambos cambiaron la mayoría de la historia original intentando otorgarle más velocidad y adaptarla al público americano. Llama la atención que el film arranque como una película de cine negro de los treinta (al más puro estilo Scarface) y que se transforme en un abrir y cerrar de ojos en una delirante comedia picante. El director polaco lo explicó de esta manera: “Queríamos un par de hombres descaradamente heterosexuales y solteros que decidieran disfrazarse de mujer e infiltrarse en una orquesta femenina. Para llegar a eso necesitábamos una razón de peso, como por ejemplo la continua amenaza de unos gángsters de Chicago”.


La película comenzó a rodarse aún cuando el guión seguía estando inacabado, no obstante, el resultado final rayó la perfección. Su férrea pero sutil estructura sostiene una historia que derrocha talento y matemática, demostrando que el tándem Wilder-Diamond estaba en el apogeo de su carrera. No sólo reinventaron el timing cómico dejando silencios tras cada gag o broma (hecho al cual se recurre siempre que se habla de este film), sino que tuvieron la osadía de lanzar al aire una comedia tremendamente controvertida para su época.

Con faldas y a lo loco no es una película sobre sexo en la cual veamos a parejas fornicando a mansalva (aunque fue catalogada para adultos), todo lo contrario, es una película sobre los roles sexuales y en especial sobre la identidad sexual. No olvidemos que su estreno fue en 1959 y que la crítica se portó mejor con ella que el público. El paso de los años le ha hecho ganar en salud y hoy en día, mirándola con perspectiva, apreciamos la valentía de ambos guionistas al contarnos una historia protagonizada por un par de calenturientos travestidos entre una jungla de muslos desnudos y pechos voluptuosos que pasean y se exhiben ante ellos sin cesar, o explica en aquella época cómo uno de los personajes puede llegar a "confundir" su identidad sexual tras haber estado vestido de mujer durante todo el metraje. Lamentablemente su estreno en 1959 coincidió con la mastodóntica Ben-Hur, que arrebató todos los premios habidos y por haber, no por ser mejor película o tener un guión más elaborado, sino por comprometer los grandes bolsillos de los magnates de Hollywood. Así, probablemente el mejor guión que haya sido escrito jamás, quedó huérfano de cualquier estatuilla.

Vayamos al grano; dos músicos, Joe (Tony Curtis) y Jerry (Jack Lemmon), son testigos de la Masacre de San Valentín (hecho que ocurrió en realidad), donde un grupo de gángsters disfrazados de policías fusilaron a varios miembros de una banda rival en Chicago. Los gángsters les descubren e intentan deshacerse de ellos rápidamente pero consiguen huir infiltrándose en una banda de música femenina disfrazándose de mujeres y convirtiéndose en Josephine y Daphne respectivamente. Allí conocen a Sugar Kane (Marilyn Monroe), que toca el ukelele y en ocasiones hace de cantante solista en la banda, ambos se enamoran perdidamente de ella. Tras los inútiles intentos de Jerry, Joe se inventará una nueva identidad para conquistarla; Junior un joven y ambicioso multimillonario que busca el amor de su vida. Finalmente, la banda de gángsters volverá a la carga y hará explotar la trama revelando todos los secretos.



Es inevitable hablar de esta película intentando ignorar la fuerza y el magnetismo de una figura como la de Marilyn Monroe. De ella se dijeron millones de cosas: su falta de profesionalidad al ser incapaz de ser puntual en el rodaje o de aprenderse sus réplicas, la pérdida de su figura al estar embarazada durante el rodaje o sus miedos e inseguridades que le llevaron hacia la tragedia que todos conocemos. En la película está genial, maravillosa, lo acapara todo, roba todas las miradas y es el centro de la historia, no obstante, fue una ardua y dura tarea para Wilder, que tuvo que cargarse de paciencia e ingeniárselas para sacar el máximo partido de la tentación rubia: “Mientras esperábamos a Marilyn pude aprovechar el tiempo, incluso tuve la oportunidad de leer algo, recuerdo que terminé Guerra y paz y Los miserables”, dijo Wilder. De todos modos, el director polaco la admiraba profundamente, hasta llegar a reconocer tras su muerte que: “Si hoy estuviera entre nosotros me arrodillaría y le pediría que lo volviéramos a hacer. No hubo, no hay y no habrá nunca una actriz como Monroe, tenía una grandísima facilidad para el diálogo y para la comedia, el único problema era que no era una actriz avezada.”


La pareja Curtis-Lemmon también tuvo mucho éxito, primero por lo comedido y controlado que era Curtis en contraste con la locura y descontrol de Lemmon, que vestía de mujer incluso fuera de las horas de rodaje. La actitud díscola de Lemmon llamó mucho la atención a Wilder, forjando una amistad que se prolongó durante largos años. Como anécdota, cabe decir que la decisión de que la película fuera en blanco y negro es de Wilder, ya que creía que los maquillajes de ambos (disfrazados de mujer) serían demasiado grotescos en color.


Wilder nos habla del sexo en una comedia con un trasfondo amargo y pesimista que expone la lucha entre lo que se es y lo que parece ser, en pocas palabras, las apariencias. Un homenaje al cine negro de los 30, al mítico slapstick de Chaplin o Keaton, una obra maestra al más puro estilo Wilder; “¿Cómo hice algo tan bueno? ¿Porqué no lo pude volver a hacer durante el resto de mi carrera? No lo sé.”, palabra de Wilder.

¿Qué os voy a decir? Probablemente la mejor comedia de todos los tiempos.

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