miércoles, 9 de junio de 2010

Crónicas de Tannhäuser: El crepúsculo de los dioses (Sunset Blvd.)

“Soy grande. Son las películas las que se han hecho pequeñas”

Norma Desmond, El crepúsculo de los dioses.


Thomas Alba Edison tenía el monopolio en la industria cinematográfica a principios del siglo XX. Edison, teórico inventor del cinematógrafo, adquirió la patente de este en EUA, imponiendo así una abusiva tasa para todos los que quisieran hacer uso de “su” invento. Muchos de los productores se marcharon de la costa este a la oeste, no sólo por evitar pagar a Edison, también por las ventajas que tenía la costa del Pacífico, que gozaba de muchos más días de Sol, algo fundamental en los principios del celuloide, cuando se dependía completamente de la luz natural. Así pues, en 1911 se fundó el primer estudio de cine en Hollywood, precisamente en la celebérrima Sunset Boulevard (el irónico Boulevard del ocaso).

En poco menos de 15 años, Sunset Boulevard y sus alrededores estaban infestados de estudios que manejaban unas asombrosas cantidades de dinero gracias al cine. El star system se estaba gestando, como también la época más dorada de Hollywood. Charles Chaplin, Buster Keaton, Emmil Jannings o Marion Davies eran algunas de las estrellas que brillaban con más esplendor en el firmamento de la meca del cine. Por otro lado, los grandes directores europeos emigraban en masa hacia EUA con la esperanza de perpetuar y relanzar sus carreras, así como lo hicieron Murnau o Fritz Lang. Entre ellos, también se encontraba un jovencito Billy Wilder que fue abriéndose paso en Hollywood a base de ahínco y perseverancia.

Tras la revolución que supuso el sonoro, muchas carreras se fueron al traste, básicamente por el cambio a nivel interpretativo que supuso el sonido y la inminente oleada de nuevas estrellas que acapararon la cartelera durante más de una década. La falta de adaptación y la manía por aferrarse al pasado de los divos del mudo, les condenó en el olvido de Hollywood.


Sunset Boulevard, otrora repleta de emergentes y millonarias estrellas, albergaba a seres nostálgicos y enfermizos dentro de sus mansiones a finales de los 40, aquellos fueron los primeros juguetes rotos de Hollywood. La mayoría de ellos tuvieron trágicos finales donde los narcóticos y el alcohol actuaron de verdugos dentro de sus vidas llenas de excesos.

Wilder y Charles Brackett se fijaron en las grandes mansiones de la mítica avenida intentando adivinar que es lo que harían esos dinosaurios del cine en su interior; ¿Ver sus polvorientas películas una y otra vez? ¿Probarse los estupendos vestidos de los que presumía en las galas y pasear en soledad por los fríos pasillos de sus palacios? ¿O reinterpretarían las escenas que les encumbraron hacia el estrellato?


Wilder, desoyendo la advertencia de Brackett se sumergió en la faceta más dramática y enfermiza de la historia, dejando de lado lo que se buscaba originalmente, una comedia. Para la escritura del guión también se contó con la colaboración de un periodista de la revista Life llamado D. M. Marshman Jr. qué enriqueció sobremanera los detalles de la vida del personaje de Norma Desmond.


Del guión destaca sobre todo la voz en off, innovadora y rompedora en aquel entonces. Wilder decidió que el narrador sería el mismo protagonista, esto no sería nada extraño si no aclaráramos que el protagonista es un fiambre desde el segundo 1 de la película. Wilder fue a otro nivel en el cual no le interesaba la realidad pura y dura, sino que buscaba una escenificación, crear una ficción de la ficción y romper con los convencionalismos. El crítico de cine Antonio Santamarina lo definió de esta manera: “La voz en off dota a la película de un carácter artificial que rompe con las convenciones narrativas para demostrar una gran funcionalidad dramática”.


El Crepúsculo de los dioses (como se le llamó en España), es un flashback narrado por Joe Gillis (William Holden). Su cuerpo, que flota inerte en la piscina de Norma Desmond (Gloria Swanson), es encontrado por la policía mientras su voz nos explica como ha acabado ahí. Gillis, un guionista que ha fracasado antes de triunfar, huye por Sunset Boulevard de unos cobradores a los que les debe dinero y se ve obligado a introducirse en una de las grandes mansiones de la gran avenida por culpa de un pinchazo inesperado. Tras despistarlos, se fija en el aspecto de abandono de la mansión. Una vez allí, una mujer con gafas de Sol y su mayordomo le invitan a entrar, parece ser que le estaban esperando. Al entrar, descubre que le han confundido con un enterrador al ver el cadáver de un mono bajo una sábana blanca. El ambiente, extraño y enfermizo, incomoda a Gillis, hasta que descubre que esa mujer es Norma Desmond, una antigua actriz de cine mudo que no pasaba por el mejor momento de su carrera. Norma, al enterarse de que Gillis es guionista, le contrata para escribir su última gran historia. Gillis, interesado sólo por el dinero rápido, acepta, sin embargo, la casa terminará absorbiéndolo y ahogándolo, sin saberlo, acabará instalado en ella y mantendrá una relación estable con Norma. Por otro lado, conocerá a Betty Schaefer (Nancy Olson), una guionista de la Paramount que trabajará con el para llevar adelante un guión para un largometraje. Gillis y Betty tendrán un breve romance, algo que sacará de quicio a la cada vez más trastornada Norma e indignará a su mayordomo Max Von Mayerling (Erich Von Strohein). El desenlace, el cual me reservo por el bien de todas las personas que no han visto aún esta magnífica película, nos guarda una de las secuencias más sórdidas y demenciales que jamás hayáis visto.


La película fue muy bien recibida por la crítica tras su estreno en 1950, situándola inmediatamente como una de las cinco mejores películas de todos los tiempos. El éxito se contagió también a los festivales, donde arrasó ganando tres Oscar y un Globo de Oro entre otros.


La imagen transmitida al mundo entero sobre Hollywood no fue del agrado de todos. El Crepúsculo de los dioses nos mostraba una historia de ambiciones, sueños rotos, amor, dominio, soledad, frustración y locura, cada uno de los personajes había sido maltratado por la industria cinematográfica de una manera particular y distinta, todos ellos eran víctimas de Hollywood. Tras el preestreno del film, Louis B. Mayer, presidente de la MGM (Metro-Goldwyn-Mayer), dijo sobre Wilder: “Ese hijo de perra de Wilder es un extranjero. Le dejamos entrar, le dimos una vida, una familia, y ahora muerde la mano que le da de comer.

Pero si algo estremece y pone los pelos de punta en este perfecto film de terror hollywoodiense, son precisamente sus estrellas. Arrancando con Gloria Swanson, que al igual que su personaje, era una actriz que vino del mudo y veía atónita como su carrera se desplomaba por su propio peso. Gracias a sus raíces en el cine mudo, su manera de actuar estaba recargada con múltiples gesticulaciones y expresiones grandilocuentes que hacían que su figura adquiriera un carácter tan estrambótico como anacrónico. Su figura, envenenadora, absorbente y embrujada, nos recuerda al mismísimo Drácula en el momento en el cual agarra el hombro de Gillis con sus manos huesudas o besándolo como si quisiera succionarle el alma. Incluso su mayordomo, interpretado por el antaño exitoso director Erich Von Stroheim, es un personaje que ha terminado en la tela de araña de Norma. Casualmente, Stroheim fue el director de la misma Gloria Swanson en un gran número de producciones de cine mudo. Wilder dijo de ella que; “Tenía 50 años, pero ante la cámara sucedía algo muy extraño porque parecía tener unos 70 o 75 por su manera de moverse”. En definitiva, un personaje que vivía en el pasado, en una ilusión, un patético retrato de su propio personaje.


William Holden se desenvuelve de manera magistral. Su personaje, Joe Gillis, tiene un aire desencantado, bohemio y desencantado, no obstante, en su interior parece albergar un ápice de ilusión por la vida que sólo Betty sabe despertar. El mismo William Holden estaba pasando por una época muy dura en su carrera, había comenzado a beber lo suficiente para que no se le tomara muy en serio dentro de la industria, por ello, supo entender a la perfección el personaje de Gillis. Wilder supo rescatar la carrera de Holden cuando se estaba deshilachando, pudo extraer lo mejor de él en una interpretación que derrocha talento durante los 110 minutos del film.


Podríamos hablar horas y horas sobre esta joya, crítica de Hollywood desde el mismo Hollywood que parodia a sus propias figuras con cameos de gente de la talla de Buster Keaton, Cecil B. DeMille o H. B. Warner. Es enorme, se escapa entre los dedos, es enfermiza, sus diálogos son asombrosamente brillantes, su dirección marcó un antes y un después dentro del film noir americano. Una de las diez mejores películas de todos los tiempos.

Una historia de Hollywood sobre la gente que hace las películas de Hollywood.




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