miércoles, 15 de septiembre de 2010

Crónicas de Tannhäuser: ¡Qué bello es vivir!






“Nadie es un fracaso si tiene amigos”


George Bailey, ¡Qué bello es vivir!




El final de la guerra marcó un punto de inflexión en el devenir de la historia del siglo XX. El mundo se ocupó de amordazar los demonios del pasado y alzar la mirada entre polvo y muerte, anhelando avistar un horizonte luminoso que guiara el camino hacia un próspero porvenir. Mientras tanto, una Europa desolada agonizaba por la profundidad de sus heridas al mismo tiempo que Norteamérica se embarcaba en los prolegómenos de lo que sería la guerra más larga en la que han participado jamás. El pueblo, por contra, afrontaba la vuelta a la normalidad con los ojos aún vidriosos y la memoria puesta en los desaparecidos, dando inicio a una época que arrastraría los estigmas de la guerra hasta bien entrada la siguiente década.

1945 también fue el año en el que dos viejos amigos se reencontraron tras haber luchado en el frente. El director de origen siciliano Frank Capra y un joven James Stewart, se reunieron con un nuevo trabajo entre manos, un guión extraído de un relato
escrito en una postal navideña llamado The Greatest Gift (1943). El escritor era Philip Van Doren Stern, el cual se había inspirado libremente en el renombrado Cuento de Navidad (Charles Dickens), escrito exactamente cien años antes que el de Van Doren. El mensaje del cuento era bien claro; “Nunca es tarde y no todo está perdido. Siempre queda la esperanza”, algo muy oportuno y adecuado para la época. Stewart no se lo pensó demasiado y aceptó la oportunidad que Capra le brindaba sin reservas.

Capra había cambiado tras la guerra, no lo hicieron sus valores ni sus convicciones, sin embargo, The Greatest Gift se postulaba como una obra catártica y purgadora, una historia fantástica que ayudaría a la gente a aceptar la realidad, un híbrido de un cuento dickensiano que estaba destinado a salir a la luz en el momento adecuado y en el país adecuado. En la historia rezuma un alto contenido de valores cristianos con los que se retrata a una sociedad humilde y trabajadora que lucha por subsistir a pesar de los abusos de los grandes poderes económicos. Capra nos muestra el contrapunto del héroe de la época, que en lugar de vestir un uniforme verde y sujetar un rifle, lleva corbata y se sitúa tras un sobrio mostrador. Aquellos hombres anónimos que luchan día a día por su familia y por su comunidad, son los héroes anónimos a los que Capra rinde un homenaje que aún perdura 64 años después. Todo ello está aderezado con una pizca de magia, de aquella magia que tenían las películas de Capra y actores tan inspiradores como James Stewart. El encargado de personificarla fue Henry Travers, que interpreta al ángel de la guarda que debe ganarse las alas para volver al cielo, convenciendo y reconduciendo el rumbo a un errático y abandonado James Stewart. La historia, que ensalza y abraza el valor de la vida como bien supremo, guarda reminiscencias con un cúmulo de valores cercanos a las creencias asiáticas, así como la representación del buen karma en la figura y los actos del protagonista, que termina por recibir el fruto de lo sembrado anteriormente, demostrando la esperanza que deposita el director en la bondad del ser humano, por ello decidió cambiar el título de la obra a ¡Qué bello es vivir! (¡It’s a Wonderful Life!).


Dickens, Van Doren Stern, Capra y Stewart. Esos son los nombres que en mayor o menor medida se erigen como los pilares de esta obra maestra protagonizada por George Bailey (James Stewart), director de una empresa de compañía de empréstitos en la minúscula localidad de Bedford Falls. George siempre fue un soñador que luchaba por cumplir su deseo de viajar por todo el mundo e ir a la universidad, sin embargo, las responsabilidades le ataron por completo a un mundo que él quiso abandonar desde un primer momento, ahogándolo y encadenándolo a un destino que repudia. Lo único bueno que puede sacar de ello es el matrimonio con Mary Hatch Bailey (Donna Reed), una guapa y encantadora mujer que lleva enamorada de George desde la infancia. George goza de una intachable reputación en el pueblo, considerándosele un santo, apreciándole como si fuera el hijo predilecto de la ciudad. Henry F. Potter (Lionel Barrymore, exacto, el tío abuelo de Drew Barrymore) en cambio, estará en contra de George, intentando derrumbar la compañía de empréstitos como representante de un gran banco estatal. Finalmente logrará tener a George entre la espada y la pared dejándolo en la bancarrota, momento en el cual el protagonista de derrumbará justo en el día de nochebuena, abandonándose al destino y queriéndose arrebatar la vida. Allí hace acto de presencia Clarence Oddboy (Henry Travers), ángel de la guarda de George que le invita a averiguar el destino de Bedford Falls si lo hubiera abandonado. Un viaje de conocimiento que hará que George clarifique las dudas y cuestiones que atormentaban su cabeza, dando paso a uno de los desenlaces más emotivos, honestos y bellos que se hayan podido ver jamás.


Desgraciadamente Capra erró en sus cálculos y la película no llegó a las carteleras ni en el momento idóneo, ni en el más adecuado. El cuento parecía haber llegado a destiempo, no sabemos si antes o después de lo previsto, lo que sí es cierto es que fue un rotundo fracaso de cartelera. De todos modos la academia la nominó a cinco Oscars aunque finalmente terminó por no llevarse ninguno. El público no estaba para cuentos y no necesitaba ni alegorías, ni metáforas para comprender en la situación en la que se encontraban, cosa que hundió el barco antes incluso de que hubiera zarpado. 1946 no fue el año de ¡Qué bello es vivir!, en cambio, como (desgraciadamente) suele suceder bastante a menudo, tuvo que ser el tiempo, o mejor dicho, la casualidad, la que decidiera el lugar que ocuparía el film de Capra en la bóveda celeste de Hollywood.

Casi treinta años después, en 1974, un error administrativo de la productora propietaria del film (Republic Pictures) hizo que el copyright del film no fuera renovado correctamente, de este modo la película pasó a formar parte del dominio público, hecho que aprovecharon la mayoría de cadenas de televisión para emitirla continuamente sin pagar un céntimo. ¡Qué bello es vivir! Se convirtió al instante en un clásico en las vacaciones de Navidad de más de medio mundo, obligando a las cadenas a emitir reposiciones anualmente dado el altísimo grado de audiencia que conseguían con ella. Años más tarde se obligó a pagar a las cadenas un precio por los trabajos derivados de los derechos de autor del film, acomo por ejemplo los derechos por la novela de Philip Van Doren Stern o la (magnífica) banda sonora de Dimitri Tiomkin.



Efectivamente, ¡Qué bello es vivir! Significó la conversión de James Stewart, que pasó de ser la eterna promesa a convertirse en estrella, abriéndole las puertas a otro tipo de cine, a otro tipo de directores, así como lo fueron Hitchcock o Preminger, que no dudaron en contar con su talento para encabezar un amplio número de proyectos. Su actuación en el film es maravillosa, su figura, compuesta firmemente por una serie de valores más que loables que terminan por conformar a un modélico personaje, nos introduce como nadie en una fábula enriquecedora.


El film no sólo es un símbolo eternamente reconocible de la Navidad, también es una obra magistral capitaneada por un genial director que capea ágilmente cualquier crítica negativa. El desenlace nos traslada a un mundo hipotético en un viaje repleto de pinceladas expresionistas que desemboca en un clímax tan remilgado como enmudecedor, del cual es imposible escapar sin derramar antes una lágrima. El resultado es excelso, el mensaje, lleno de optimismo y energía positiva, nos llama a esforzarnos por lograr nuestros sueños y nos recuerda que aunque sea una tarea harto complicada (o casi imposible), un sólo hombre puede cambiar el mundo.

¡Qué bello es el cine!


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