viernes, 11 de febrero de 2011

Crónicas de Tannhäuser: Valor de ley




“No descansaré hasta ver a Tom Chaney pudrirse en el infierno”.

Mattie Ross, Valor de ley



Tras una semana desaparecido, vuelvo a la carga retomando un título de antaño que hoy irrumpe en las carteleras a lo ancho y lo largo de nuestro país. Para muchos será una película desconocida, para otros será el reencuentro con un cine perdido en el tiempo, un último coletazo de un género que se enfrentaba a sus últimos días de gloria. Estoy seguro de que muchos fanáticos de John Wayne mirarán este remake de los Cohen con lupa esperando que como mínimo esté a la altura de su predecesora, aunque por otro lado estamos los que aguardábamos impacientes el estreno del film con la ilusión de ver de nuevo otra obra maestra de los Cohen (me niego a pensar que ya hemos visto lo mejor de este par). Mientras tanto sería interesante echar un ojo a la versión de 1969, un western con una protagonista atípica, una aventura que ha llegado fresca a nuestros días en la que podemos disfrutar de una de las mejores interpretaciones de John Wayne.


Este film con alma de western crepuscular nace de la mano de Charles Portis, novelista que cosechó un gran éxito tras la publicación de Valor de ley en 1968. La particular aventura de Mattie Ross no pasó desapercibida para Hal B. Wallis ni para la Paramount, que rápidamente arrancaron con la adaptación de la novela. Capítulo a parte merece la culpable de tan bien hilvanado guión, Margerite Roberts. A la edad de 64 años, esta veterana guionista con más de tres décadas de carrera a sus espaldas nos regaló una de las mejores historias de la última etapa del western. No hace falta decir que los personajes que Portis perfiló en la novela son las piedras angulares en las que se sostiene el grueso de la trama, no obstante, el imparable ritmo del guión junto con la gran solvencia demostrada con los diálogos, hicieron de Valor de ley un caramelo para cualquier actor y director de la época.



Wallis contrató a Henry Hathaway para encargarse de la dirección de la película. Podría decirse de él que era un buen artesano que tuvo sus inicios en el mudo y que supo adaptarse a las necesidades de la industria tras la entrada del sonido. Su cine era valiente y arriesgado, siempre dentro de los límites impuestos por el estudio, lugar donde amparó todo su trabajo. También supo manejar a grandes talentos como Gary Cooper, Tyrone Power o James Stewart, aunque pocos de sus títulos llegaron a significar un importante éxito de taquilla, pasando así sin pena ni gloria producción tras producción. Hathaway es sin duda alguna un clásico olvidado, un cineasta sencillo amante de los personajes más dispares y carismáticos, al igual que de las tramas agresivas y complejas.



Poco más tarde y sin apenas haberle preguntado, John Wayne declaró su amor por el guión de Margerite. Con perspectiva, podemos apreciar que el personaje de Cogburn guardaba muchos puntos en común con Wayne. Ambos convivían con las secuelas del pasado en su propia carne, eran unos supervivientes que seguían haciendo las cosas a su manera, siguiendo únicamente sus propias normas y luchando por seguir adelante en un mundo que parecía tomarles la delantera. John Wayne, el Duque, icono del western por antonomasia, la leyenda que vino al mundo de la mano de John Ford afirmó sin titubear; “El guión de Margerite es el mejor que he leído nunca”.


Con esta apetetitosa carta de presentación se reunió a un elenco con pretensiones de arrollar en taquilla. Encabezado por Wayne, le seguían estrellas emergentes como Glen Campbell o Mia Farrow (sí, habéis leído bien), aunque los nombres más recordados sean los de Robert Duvall o Dennis Hopper, los cuales siempre apetece ver aunque sea en papeles secundarios. Aunque muchos lo desconozcan, Mia Farrow iba a interpretar a Mattie, de hecho, su último éxito en La semilla del diablo (1968) la había situado como una de las actrices referencia en Hollywood, siendo así el otro gran reclamo del film junto con Wayne. Sin embargo, una polémica salpicó la producción cuando Robert Mitchum avisó a Mia de que Hathaway (con el que había estado rodando recientemente) era un ‘tocapelotas’ (textualmente). Esto provocó que la buena de Mia acudiera a Wallis pidiéndole que substituyeran al director, insistiéndole en que el más indicado para tomar la batuta de Valor de Ley era Roman Polanski (habéis leído bien por segunda vez). Ante el empecinamiento de la chica y los diversos problemas, tensiones y chismorreos que comenzaron a brotar en la producción, Wallis decidió darle la patada y contratar Kim Darby, una jovencita que había hecho sus pinitos en varios westerns televisivos como La ley del revólver o Bonanza.


Mattie Ross (Kim Darby) es la hija de Frank Ross (John Pickard), el cual es asesinado por Tom Chaney (Jeff Corey) durante una disputa a la salida de un saloon. Mattie, al enterarse del asesinato de su padre viajará para recoger el cuerpo. Una vez allí preguntará sobre el paradero de Chaney, que por lo visto se esconde en territorio indio junto con otro maleante llamado “Lucky” Ned Pepper (Robert Duvall). Mattie iniciará su particular búsqueda de un detective que pueda ayudarle a encontrar a Chaney, dando a parar con el catador de whisky número uno de la comarca; “Rooster” J. Cogburn (John Wayne). El agente federal Cogburn aceptará partir a territorio indio junto con Mattie hasta que hace aparición el Ranger de Texas, La Boeuf (Glen Campbell), que le promete Cogburn una recompensa de 1.500 $. Este hecho aleja definitivamente a Mattie de saciar su sed de venganza con Chaney, ya que la dejarán de lado antes de iniciar su travesía. Finalmente, ambos agentes de la ley partirán rumbo a territorio enemigo sin Mattie. Aún así, la perseverancia de la chiquilla es capaz de ablandar el corazón de Rooster Cogburn al ver que no cesa en su insistencia por acompañarlos. Así pues, los tres desconocidos partirán rumbo hacia la recompensa.

Quince millones de dólares, esa fue la recompensa que consiguió Valor de ley, erigiéndose inminentemente como un clásico del western, básicamente por la magnífica actuación de Wayne, respaldada eso sí, por una historia que conserva su frescura hasta nuestros días. El esfuerzo de John Wayne se vio recompensado al ganar los dos galardones que más se le habían resistido, el Oscar y el Globo de Oro al mejor actor. El éxito propició que se diera pie a una secuela de moderado éxito que se estrenaría en 1975 con el título de El rifle y la Biblia (el título original fue Rooster Cogburn), protagonizada de nuevo por John Wayne, el cual contó como pareja de baile con Katherine Hepburn. Se puede asegurar pues, que Valor de ley fue la artífice del merecido reconocimiento para dos personajes como John Wayne y Henry Hathaway, ambos con una dilatadísima carrera a sus espaldas que habían sido ignorados durante años a ojos de la Academia.



Tres personajes, tres motivaciones. Tanto Cogburn, como Mattie o Le Boeuf, parten en busca Chaney en busca de una recompensa. No obstante esa recompensa no es la misma para todos. Mientras Cogburn acepta el trabajo con esperanzas de volver a su destartalada casa con los bolsillos llenos de dólares, Le Boeuf sólo quiere alimentar su ego, labrarse un nombre en su tierra por el cual ser respetado y romper el corazón de todas las muchachas que se crucen en su camino. Mattie, por contra, pretende que la justicia haga su trabajo, y si no es así tomársela por su mano. Su único objetivo es ver arder a Chaney en el infierno y nada ni nadie se entrometerá en su camino. La relación que se establece entre estos personajes tan distintos y alejados el uno del otro termina por hacer la pasta en la cual reposa toda la trama, creando un áurea íntima y entrañable que enamora al espectador. Sus historias, el entorno en el que se mueven, las reiteradas riñas
y bromas que tienen entre los tres, dejan unas pinceladas cómicas que terminan por poner la guinda a una aventura brillante.

Valor de ley se construye sobre una trama ampliamente reconocible por la mayoría del público (ya nos han contado esa historia un millón de veces), la única diferencia reside en la protagonista, una chica de armas tomar, inteligente, audaz y con un gran tesón, que puede hacer tambalear hasta el mismísmo John Wayne, un listón muy alto y difícil de superar para su sucesora. De Wayne no sé que más decir, su actuación arranca sonrisas por doquier, su mera aparición en pantalla relanza la calidad del film, de él, sobre todo aplaudiría su esfuerzo. Hathaway, con el que mantenía una vieja amistad, quedó gratamente sorprendido por el trabajo de Wayne, del cual recordemos que en aquella época sólo podía contar con un pulmón tras sufrir un cáncer que le tuvo con pie y medio en el otro barrio (imaginaos como sería subir al caballo y salir escopeteado sobre él con un sólo pulmón).


Según el director, su límite eran treinta pasos, tras ello debía de tomar aliento para luego reincorporarse y dar otros treinta. Le sobraban veintinueve para demostrar su enorme talento.

Valor de Wayne.


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