viernes, 25 de marzo de 2011

Crónicas de Tannhäuser: Tiburón


“Sr. Vaughn, aquí estamos tratando con una máquina perfecta,
una máquina de comer. Es realmente un milagro de la evolución.
Todo lo que hace es nadar y comer y hacer tiburones pequeños, nada más.”


Matt Hooper, Tiburón




Queridos lectores, como sabréis, estamos ante un hito en la historia reciente (aunque se acerque a la cuarentena) del cine, una película que causo furor y pánico a lo largo de todo el globo, un torbellino selacofóbico que convirtió a Spielberg en el director de moda y aún sigue poniéndonos los pelos como escarpias (de hecho, la historia está tan extendida que ni me molestaré en hablar de su argumento). Sin duda alguna, Spielberg fue el artífice del colosal éxito del filme, el verdadero tiburón que situado tras la cámara fue capaz de devorar todos los récords de taquilla habidos y por haber. El culpable de que una generación entera se lo pensara un par de veces antes de poner un pie en el agua.



El terror acuático arranca mucho antes de lo que pensamos. El verano de 1916 fue famoso por la soporífera ola de calor que arremetió con dureza en el sureste de Estados Unidos. Ello, y la epidemia de poliomelitis que diezmaba el sur del país provocaron que las costas del norte de Nueva Jersey se vieran repletas de turistas. El primero de julio, cerca de Atlantic City, Charles Vansant fue devorado por un tiburón blanco cuando se encontraba a poco menos de diez metros de la orilla. La noticia corrió como la pólvora a lo largo de la costa este norteamericana, sin embargo, la mayoría hizo caso omiso de las precauciones que reclamaban los expertos. Durante los siguientes diez días se registraron varios ataques y nada menos que tres muertes en la parte más septentrional de la costa de Nueva Jersey. Según se dice, las altas temperaturas y el exceso de gente en las playas atrajo a los tiburones desde el Caribe. Tras dichos sucesos, el alcalde de Matawan (ciudad donde murió la segunda víctima) declaró la guerra a los tiburones, dando pie a utilizar todo tipo de armas, incluso la dinamita, para matar a cuantos más escualos, mejor. La recompensa de 100 dólares por matar al tiburón asesino fue motivo más que suficiente para que los habitantes de las ciudades colindantes se sumaran a la caza, lanzando redes en los ríos y en el mar para capturar definitivamente al escualo. Días más tarde, Michael Schleisser logra matar a un tiburón a golpe de remo desde su pequeño bote. En su interior encuentran el resto del cuerpo de Lester Stilwell, que murió un par de días antes mientras pescaba en la desembocadura del río Matawan.



Mientras en la prensa se aseguraba haber dado caza al culpable de los ataques, los expertos apoyaban la teoría de que no había sido únicamente un escualo el que había dado muerte a los bañistas abarcando un perímetro que iba desde Atlantic City hasta prácticamente la ciudad de Nueva York. La historia fue adquiriendo detalles e ingredientes más propios de la leyenda o el mito que de la pura realidad. El hecho de que un sólo tiburón hubiera atemorizado a la población en aquel sanguinario verano del 16 fue lo que más llamó la atención a Peter Benchley. El novelista, que se inspiro en los “ataques de Matawan” (nombre por el cual se conoce el suceso) para escribir Tiburón (Jaws en inglés, lo que se puede traducir como 'mandíbulas'), nunca pensó su obra terminaría por convertirse en un best-seller.


Años más tarde entraron en escena Richard Zanuck y David Brown, los cuales se apropiaron de los derechos de la obra de Benchley. En un principio, fue el mismo autor el que se propuso para adaptar su novela, aunque no tardó mucho tiempo en darse cuenta de que no sería una tarea fácil de abordar. Tras dejar un borrador a medias, Carl Gottlieb fue el que tomó las riendas del guión, terminando de perfilar una de las mejores obras de la década con su trabajo. No obstante, Zanuck y Brown sabían que Tiburón requeriría un director más que experimentado, un visionario del séptimo arte, un gurú en su oficio. Las dificultades técnicas que planteaba aún no las había resuelto ni el tiempo ni la tecnología de aquel entonces, por lo tanto, Tiburón pasó de ser un ilusionante proyecto, a una espada de Damocles para la carrera de cualquier director que se preciara a aceptar tan escabrosa empresa.

Bueno, poca emoción tiene esto, lo sabemos todos de antemano; el hombre fue Steven Spielberg. El aún imberbe director que contaba ya con un éxito encomiable a sus espaldas como lo fue El diablo sobre ruedas (1971), estaba a punto de estrenar su primera película para las grandes salas en 1974, Loca evasión. Su carácter ambicioso y temerario, al igual que el grandísimo carisma por el que se había hecho un nombre producción tras producción, fueron los que le llevaron a las puertas de Tiburón. No hace falta decir que él no fue la primera opción de los productores, como tampoco lo fueron ninguno de sus actores, ni de los montadores, siquiera del compositor de la banda sonora. Nombres que hoy se nos hacen tan familiares como Richard Dreyfuss, el mismo Spielberg o John Williams, no destacaban en demasía dentro de la fauna cinematográfica del Hollywood de los setentas. Por ello, la apuesta de Zanuck y Brown se tornaba poco a poco en un riesgo de impredecibles consecuencias.

Por suerte (una suerte bastante premeditada) ambos productores guardaban un as en cada una de sus mangas. El primero duró bastante poco; un día de rodaje, un chapuzón en el agua, Bruce era su nombre. El mastodóntico tiburón de caucho que habían preparado para la película no había aguantado el primer día de rodaje. Ese as en la manga, esa tecnología punta (en aquella época) que se perfilaba como uno de los pilares en los que se sustentaría el filme, pasó de ser la esperanza de la película a un montón de chatarra.


He aquí, la mejor mala noticia que jamás hayamos escuchado referente a cualquier historia sobre las películas. El ingenio de Spielberg se disparó, se encendió la bombilla adecuada, hay que reconocerlo, se iluminó. El planteamiento de la película cambió drásticamente tras la desaparición del muñeco, el cual no podrían arreglarlo hasta semanas más tarde. El director, a sabiendas de que iba a pasarlas bastante canutas, tuvo que rehacer la película de cero, inventando un tiburón invisible. Aquí está la clave de Tiburón, en el talento de un Spielberg en racha que supo sobreponerse a la tempestad y la marea revuelta que se le venía encima. A base de tiros de cámara que simulaban la subjetiva del animal, observando el revoloteo de los bañistas en la superficie del agua, junto con planos de reacción y situación que nos mostraban a los bañistas y la distancia con la playa, nos introducimos en situaciones de peligro tan básicas para el espectador como asombrosamente complejas de realizar. Las grandes interpretaciones de Roy Scheider (enorme), Robert Shaw y Richard Dreyfuss, otorgan el realismo necesario para que ese enemigo invisible cobre vida en nuestro subconsciente. Obviamente, el buen toque en el montaje (Verna Fields) y la banda sonora del omnipresente John Williams, terminan por poner el lazo a escenas que se han situado ya en los anales de la historia del cine.

El otro as estaba enfocado a una revolucionaria campaña de publicidad sin precedentes hasta el momento. Puede decirse que Tiburón fue el primer ‘blockbuster’ veraniego del que se tenga noticia, de hecho, no solo fue pionera en ello sino que su gran campaña de publicidad también hizo hincapié en el merchandising, algo tan extendido hoy como ninguneado entonces. El bombardeo publicitario llevó a las salas a decenas de miles de espectadores, batiendo así el récord de taquilla al lograr recaudar aproximadamente 471 millones de dólares, cuando la producción del filme ascendía a poco más de siete millones. Aprovechando que hablamos sobre su repercusión, destacaría también su buena crítica (aunque siempre hubo fieles detractores) y buen funcionamiento en los festivales, llevándose nada menos que tres Oscar (Montaje, banda sonora original y mejor guión adaptado), un BAFTA y un Globo de Oro a la mejor banda sonora.


Puede que fuese una película agradable de ver, pero no de hacer”, respondió Spielberg a una pregunta acerca del rodaje del filme. Si con El diablo sobre ruedas había abierto la boca a más de uno con una mínima cantidad de elementos, con Tiburón asombró al mundo y demostró su gran capacidad, no solo como hacedor de superéxitos, sino como completo maestro de la imagen (aquí se me tirarán tres o cuatro puristas al cuello). Tiburón fue un rodaje más que complejo y no poco tedioso, solo hay que analizar el film para percatarse de la cantidad de detalles que componen la película, demostrando la buena mano y el carácter minucioso del director.

¿Qué fue de aquel Spielberg? Aquel que aún no tenía barba y parecía querer demostrar con cada película que ninguna frontera se le resistiría a su paso. Parece ser que su nombre aún resplandece gracias a la estela que ilumina su pasado. Sin embargo, pudo pegársela bien fuerte si ese tiburón mecánico no hubiera funcionado dentro de la película. Cierto es que la primera escena en la que hace aparición nos echa a todos hacia atrás en la butaca y nos deja con una pregunta en el aire, “¿Ese trozo de plástico era el famoso tiburón?”. Curiosamente, contra todo pronóstico podría decirse, ese tiburón aparentemente inanimado y falto de gracia, comienzas a creértelo a medida que avanza la película. Con cada aparición va ganando más enteros hasta llegar al apoteósico final tipo Capitán Ahab y Moby Dick, final de finales, perfecto punto y final para una obra que no debió tener secuelas tan lamentables como las que ha tenido (acepto la segunda de refilón, pero ni una más).

En definitiva, una de las cinco mejores películas de los setenta, un hito del celuloide, una película que debes ver antes de morir. Sin duda, lo que más valoro de ella es que al reverla hará un par de días con motivo de este análisis lo haya vuelto a pasar mal, aún habiéndola visto en bastantes ocasiones. Que un film de terror de 1975 aderezado con las singulares características que posee Tiburón (tiburón mecánico, escenas de acción complejas y una trama muy especial, que depende de como se trate puede caerse en el absurdo) siga angustiando y poniendo en tensión al personal como el primer día es un logro más que memorable.

Genial, genial, genial.

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