martes, 9 de febrero de 2010

Crónicas de Tannhäuser: Chinatown

“Olvídalo Jake. Es Chinatown.”

Walsh, Chinatown.


Los 70 fueron una década que dio muchos frutos; se dieron oportunidades a directores poco conocidos y muy jóvenes, se comenzó a notar una influencia superior de la televisión, fue la época en la que se empezó a mostrar el descontento popular con el gobierno de los EEUU, se rompieron barreras y tabúes que obligaron a las ‘majors’ a que cambiaran su política de producción drásticamente. Entre ellas, la Paramount, se fijó en un extraño pero brillante director polaco llamado Roman Polanski.

El cine de Polanski era bastante intelectual, experimental en algunos momentos, claustrofóbico y enrevesado, un maestro del cine de terror psicológico como ya lo había demostrado en su anterior producción americana, La semilla del diablo, que f
ue el aval para abordar esta nueva empresa.

El cine negro estaba de capa caída, el género se estaba ahogando, arrastrándose al igual que lo hizo el western en su día. Al parecer, Chinatown se planteaba como una película delicada, podría tratarse tanto de un gran fracaso como también de un éxito rotundo; “Que sea fácil no es una buena razón, que sea imposible sí es una buena razón”, Polanski dixit.

La trama de la película se sitúa en los años 30; Evelyn Mulwray (Faye Dunaway) visita a J.J. Gittes (Jack Nicholson) para investigar un supuesto caso de adulterio cometido por su marido, el cual es uno de los constructores de acueductos con mejor reputación del país. Tras este fino telón se esconden un gran número de personajes e historias a cual más inmoral y sorprendente. El marido de Evelyn muere de manera sospechosa y tras este hecho, Gittes descubre que ha sido contratado por una impostora además de que tras este caso se oculta una intrincada trama referente con la especulación del suelo y la manipulación del suministro de agua de Los Ángeles (de hecho, el guión original era Agua y Poder).


De la película resaltaría el ambiente, la atmósfera. Nos situamos en un Los Ángeles que ha perdido toda ética y moral, la corrupción está por las calles, es algo tangible a lo que hay que sumarle también la corrupción que hay presente en el interior de las personas. La trama nos revela situaciones poco a poco más turbulentas, en un primer momento podemos pensar que es un film de cine negro como otro cualquiera pero Polanski lo dota de un estilo muy personal y provocador; Jack Nicholson es como un maestro ceremonias que nos va desarbolando el tremendo lío que hay ante nosotros, entretanto, descubrimos que a parte de corrupción tenemos engaños, infidelidades, asesinatos e incluso incesto. Nicholson dijo una vez: “Hay que recordar que la historia se desarrolla en Los Ángeles. Roman simplemente estaba explicando a todos qué sentimientos le inspiraba Los Ángeles. Era una ciudad donde siempre corría la sangre.”


El papel de Nicholson desborda, de hecho se ganó una merecida nominación a los Oscars. Nicholson nos recuerda al clásico protagonista de las películas negras de los 40 ó 50. Solitario, con un pasado oscuro al cual no quiere volver, duro, varonil y por supuesto, un gran fumador. Su trauma con Chinatown no viene de la corrupción o de la pereza, sino del temor a cometer un terrible error. El gran número de gente, culturas y dialectos en el barrio de Chinatown hace que llegues a la conclusión de no saber si estás ayudando a esclarecer un delito o a cometer otro, todo esto podría definirse con la pregunta que le hizo Robert Towne (guionista) a un policía de narcóticos: “-¿Qué haces en Chinatown?”. La respuesta fue: “- Lo menos posible.” Gittes, además, cae en las redes de un amor imposible, Evelyn, la cual me hace recordar muchísimo a la viuda negra o mujer venenosa que solía interpretar Marlene Dietrich. En definitiva, Nicholson acabó tan satisfecho de la película que decidió no volver interpretar a un detective jamás.


El final del film refleja la esencia de lo que Polanski quería plasmar en la pantalla; “Una historia tradicional de detectives con una forma nueva y moderna”. En un principio, Towne no estuvo de acuerdo con el final que Polanski propuso pero al final cedió. En el de Towne, la pareja lograba huir a México y salvarse. Para Polanski, este final era algo que no tenía que ver con la historia que se estaba contando, por eso decidió darle un último giro en el cual nos muestra una de las escenas más emblemáticas y clamorosas del séptimo arte.

Una de las mejores películas de Polanski, una tremenda historia que nos deja un amargo sabor a bourbon barato, el olor del humo del tabaco, el abrasador Sol veraniego y un desgarrador grito en la noche de Chinatown, ya lo dije al principio; “Es Chinatown”.
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