jueves, 4 de febrero de 2010

Crónicas de Tannhäuser: El infierno del odio (High and Low)

“Mi habitación era demasiado fría en invierno y demasiado calurosa en verano,
por eso no podía dormir por las noches.
Desde mi diminuto cuarto su casa parecía el cielo. Mirándola, comencé a odiarle.
Finalmente, el odio hizo que mereciera la pena seguir viviendo.”
Ginjirô Takeuchi, El infierno del odio.


Para muchos, el nombre de Akira Kurosawa se relaciona con Los siete samuráis, Rashomon, películas de época y grandes batallas entre guerreros del Japón medieval, sin embargo, muchos desconocen que una de las mejores películas de cine negro que jamás se hayan hecho están dentro de la extensa filmografía del maestro japonés.

Kurosawa fue un director polifacético, llegó a tocar todos los palos, desde el suspense al drama, de la comedia a las mastodónticas batallas entre ejércitos del Japón feudal y finalmente el cine negro. La clave de su gran adaptabilidad a diversos géneros reside en su gran sensibilidad y el cuidado que tenía al tratar a todos y cada uno de sus personajes. Kurosawa fue uno de esos directores que siempre tenían grandes historias por contar, algunas más buenas, otras menos, pero siempre interesantes. Al fin y al cabo, ‘el maestro’ nos habla de la gente, de sus sentimientos y emociones que son los que mueven el mundo día a día aunque estos estén envueltos tras un drama, un thriller, un film bélico o una comedia.

Entre las películas de cine negro de Kurosawa destaca sobre todas ellas El infierno del odio (High and Low), un film basado en la novela de Evan Hunter (alias Ed McBain) titulada El secuestro del Rey (King’s Ransom). La historia se centra sobre Kingo Gondo (Toshirô Mifune), un ejecutivo de la National Shoe Company que está a punto de adquirir la mayoría de las acciones de dicha empresa. Por lo visto, reunir el dinero para hacerlo le ha costado largos años de trabajo y sacrificios, gracias a esa estrategia podrá dirigir la empresa y retirarse en un futuro con un gran saco de yenes. Ese mismo día recibe una llamada anónima a casa, la voz que hay al otro lado del teléfono le dice que ha secuestrado a su hijo y que tendrá que pagar una suma elevadísima de dinero para recuperarlo.

Poco después descubre que no han secuestrado a su hijo sino al hijo del chófer. Gondo llama a la policía y no sabe como actuar. El dinero de la recompensa le arruinará los planes para adquirir la empresa, sin embargo, no puede dejar al hijo del chófer a manos de alguien que ha amenazado con matarlo. El dilema está servido.


La película está partida en dos partes, la primera se centraría en Gondo y el secuestro asemejándose más a un thriller o un film de suspense que no al típico film noir. Encontramos a un Mifune espectacular, actor fetiche de Kurosawa que logra salirse en todos y cada uno de los papeles que toca, su personaje derrocha arrogancia, agresividad y grandeza, no obstante muestra tener buen corazón al aceptar pagar el rescate aunque eso le lleve a la bancarrota.

Llama la atención el contexto social en el que nos sitúa el director, justo en la resurrección socioeconómica de Japón tras la segunda guerra mundial en el cual nos muestra una generalizada animadversión hacia la clase alta. La buena gesta de Gondo llama tanto la atención entre los personajes que hace de su figura un ídolo para la sociedad nipona, el mensaje sería: "parece increíble que un rico tenga sentimientos".


Tras la brillantísima secuencia del tren, en la cual se hace el intercambio del dinero por el niño, la segunda parte del film se basa en la recuperación del dinero y la investigación para atrapar al secuestrador. Esta segunda parte se asemeja mucho más a lo que se entiende como cine negro, el ritmo se ralentiza pero no deja de alimentarnos con pizquitas de nueva información que nos van acercando poco a poco hasta el paradero del secuestrador. La película cambia drásticamente, pasa de ser un film de suspense ubicado en las altas esferas sociales hasta convertirse en una oscura película policíaca que trata sobre un narcotraficante lleno de odio que vive en los bajos fondos de Tokyo.

Aquí podemos ver al Kurosawa más americano, la segunda parte va aumentando en intensidad a medida que se acerca al final donde hay una secuencia en la cual el secuestrador, Ginjirô Takeuchi (Tsutomu Yamazaki), se dispone a probar la heroína pura con un grupo de yonkis en las entrañas de Tokyo. Es una secuencia estremecedora, quizás una de las más impactantes que haya visto en el cine, se respira decadencia, sufrimiento, dolor y enfermedad mientras observas impotente como asesinan a una pobre desgraciada sólo para probar la pureza de la droga. Llaman la atención las gafas de Sol que lleva Ginjirô, en vez de llevar cristales llevan un espejo y las luces se reflejan con muchísima intensidad, podemos ver en todo momento que es lo que está mirando.


El film acaba con un encuentro cara a cara entre Gondo y Ginjirô, durante el transcurso de la trama todo se encuentra contenido, controlado, hasta este último momento en el que explota. El epílogo es sombrío y enfermizo, Kurosawa nos hace reflexionar sobre la envidia y la deshumanización; no vale la pena vivir odiando.

Es una película brillante, un ejemplo de cine negro, una joya que nos plantea dilemas y cuestiones referentes con las desigualdades sociales y los infiernos que cada uno de nosotros llevamos en nuestro interior. Gracias maestro.
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