viernes, 10 de septiembre de 2010

Crónicas de Tannhäuser: La gran evasión




"Es deber ineludible de todos los oficiales intentar la evasión.
Si no pueden, su deber entonces es obligar al enemigo
a utilizar el mayor número de tropas en su custodia,
inquietándolos sin tregua y creando problemas con el empleo de toda su habilidad".

Ramsey, La gran evasión.




En aquellas largas tardes de domingo, ver una película de tres horas significaba pasar toda la tarde, empalmando la comida con la cena, abarcando incluso la siesta y la merienda, planteándose como un reto el hecho de llegar hasta el último minuto del film sin caer en las redes de Morfeo por un instante. Ninguna de las veces en las que vi La gran evasión durante mi infancia reparé en todos los detalles que la componían. De hecho, nunca la reconocí como una “obra maestra”, aunque seguro estoy que en aquellos años desconocía el significado y el peso de tales palabras. Sentarse a ver aquel film era una tradición, así como también lo era cantar los villancicos en Navidad o comerte las uvas en Nochevieja. La familia al completo tomaba sitio en el sofá para presenciar, como cada año, las hazañas de un amplio grupo de prisioneros aliados caracterizados por un elenco de actores estelar y un Steve McQueen capaz de meterse a todos los chavales de mi edad en el bolsillo y al mismo tiempo subirle los colores a mi abuela.

Como tantas otras historias, La gran evasión está basada en un hecho real que sucedió en un campo de prisioneros de guerra nazi ubicado en la actual Polonia durante la II Guerra Mundial. Paul Brickhill, piloto de la RAF, fue uno de los prisioneros en el Stalag Luft III, donde colaboró en la planificación (aunque no escapó ni construyo ningún túnel debido a su claustrofobia) del celebérrimo “Gran escape”. Brickhill, volvió a su Melbourne natal tras finalizar la guerra, retomando su anterior empleo como periodista con la intención de dar un empujón a su carrera escribiendo sobre sus vivencias durante el conflicto. Su decisión fue más que acertadísima y el éxito lo obtuvo con su primera novela titulada Escape to Danger, no obstante, el boom y su primer best seller fue La gran evasión, editado en 1950 y situado en la órbita hollywoodiense desde su aparición en el mercado.

No fue hasta la década de los sesentas cuando la historia del gran escape tomó forma definitivamente con The Password is Courage (1962), película británica basada en la novela biográfica Charles Coward: My Life is Yours, donde se narran detalladamente los sucesos acaecidos en el campo de prisioneros alemán. El film está narrado desde un prisma bastante introspectivo, aposentado y reflexivo, en pocas palabras y siendo un poco coloquial, más europeo.

Este hecho no fue del agrado de John Sturges, que estaba finalizando el rodaje de La gran evasión al mismo tiempo que le llegaban las noticias sobre el film británico al otro lado del charco. El enfoque de Sturges era diametralmente distinto al de Andrew L. Stone (director de The Password is Courage), abandonando la narración en primera persona enfocada a un único personaje y creando lo que sería una aventura mecánica repleta de personajes planos y sencillos en los que se aposenta la narración de un modo coral. La extrema simplicidad y linealidad de la trama fue la comidilla de la crítica internacional, la cual no vio con buenos ojos la adaptación de Sturges.


Y es que el director americano siempre fue un personaje entregado en cuerpo y alma a los designios de la industria. Arrancando su carrera como editor, pronto dio el salto a la dirección mostrando buenas maneras con un par de westerns que le abrieron la puerta a superproducciones de la talla de Fort Bravo (1953), Duelo de titanes (1957) o Los siete magníficos (1960), demostrando su indudable talento como gran narrador de historias dentro del western y el género bélico. Actualmente su cine hace acto de presencia dentro de las listas de “cine de autor”, sin embargo su estilo, acoplado a las necesidades de laos estándares de la época y poco personal, sumado al hecho de que jamás escribió un guión, ponen en tela de juicio tal nombramiento.

Por contra, su gran conocimiento de la industria y la gran capacidad de adaptación que tenía con respecto a los gustos del público hacen de él un director interesante que hace alarde de un perfecto dominio del tempo narrativo. Su terreno es sin duda la épica y las historias contadas por un gran número de personajes, distribuyendo el grueso de la narración en un amplio número de actores que usualmente suelen ser grandes estrellas, de hecho, por sus manos han pasado un número bastante elevado de estrellas, convirtiéndose así en uno de los directores de grandes producciones más prolíficos de los cincuenta y los sesenta.

Por ello no hay mejor historia que la de 600 oficiales aliados (británicos y americanos sobre todo) que trabajaron durante un año para planear y ejecutar la mayor evasión de un campo de prisioneros en la historia militar. La evasión, acaecida en 1944, presume de un reparto prodigioso; como cerebro organizador tenemos a Roger Bartlett o Big X (Richard Attenborough), el experto en túneles interpretado por Charles Bronson, el especialista en falsificaciones es Donald Pleasance, el encargado de aprovisionamientos es James Garner, la agradecida presencia de James Coburn y finalmente queda el de las buenas ideas, el que aporta estilo e ilumina la pantalla no es otro que Steve McQueen. Gracias al trabajo de todo el campo de prisioneros lograrán excavar una serie de túneles por los que tratarán de escapar con la intención de volver sanos y salvos a tierras aliadas, todo ello bajo la batuta de un Elmer Bernstein sensacional, que creó otra pieza musical inolvidable dentro de la historia del cine.

Los años ejercieron de jueces hasta convertirla en una obra capital sobre la II Guerra Mundial. Como dije antes, no fue un film muy bien valorado tras su estreno en 1963, sólo una nominación en los Oscar al mejor montaje fue lo máximo que se pudo rescatar de un proyecto que dio pocos beneficios. Por otro lado, los cuatro millones que costó la producción del film se vieron poco recompensados con una tímida recaudación de 5,5 millones de dólares en taquilla. Gran parte de ese fracaso se debió a la dureza de las críticas que recibió desde su estreno, no obstante, lo más significativo del film tanto para bien como para mal era la forma en la que se relataba la historia, ya que el retrato histórico de Sturges no se asemejaba en demasía a la realidad, cosa que sacó de quicio a gran parte del público.


En primer lugar llama la atención la blandeza (y poca inteligencia) de los alemanes y lo acogedor del lugar. El campamento de prisioneros guarda mucho parangón con el típico campamento de verano en el cual los “prisioneros” pueden hacer todo lo que les venga en gana, exceptuando eso sí, escaparse. La limpieza también es sorprendente, desde los barracones hasta los exteriores, el lugar está impoluto, parece mentira que tengamos que creernos que los prisioneros viven bajo unas duras condiciones de vida. El último punto tendría que ver con los personajes, que a parte de ser bastante llanos y simples, mantienen un glamour (sobre todo McQueen) y un carácter chulesco y desafiador ante los alemanes muy poco creíble, cuesta mucho creer que los personajes son pilotos del ejército. En definitiva, Steve McQueen hace de Steve McQueen, al igual que Charles Bronson y James Coburn, la poca profundidad de los personajes les convierte en caricaturas. Sturges elimina el alma de la historia y el sufrimiento de los personajes dentro del marco de una historia dramática para hablarnos de una huida, nada más importa, sólo huir.

Eso sí, vaya huida. La película mantiene un alto grado de interés durante sus 172 minutos, empezando desde abajo y manteniendo un buen ritmo creciente que te devora los nervios. Sobre todo los tres últimos cuartos de hora son magistrales, una muestra exquisita de como mantener un buen pulso narrativo mediante un montaje brillante y una historia que va tomando forma pedazo a pedazo, minuto a minuto, detalle a detalle. Y son esos 45 minutos los que hacen que este film sea lo que es, transmitiéndonos la angustia de los prisioneros que anhelan la libertad casi a cualquier precio, donde Sturges hace gala de un final muy poco convencional, ciñéndose a lo sucedido en realidad, dando paso al drama tras un clímax épico.

Hoy tampoco sabría explicar con facilidad lo que es una obra maestra aunque bien podría enumerar una serie de ingredientes que no faltan en ninguna de ellas, sin embargo, nunca sabríamos las cantidades exactas para la fórmula perfecta, y aunque no podamos explicarlas, es evidente que cuando están ante nuestro ojos tenemos la enorme facilidad de reconocerlas como tales.

Sobran las palabras.


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