miércoles, 23 de febrero de 2011

Crónicas de Tannhäuser: El odio


“Por ahora todo va bien... por ahora todo va bien...”


Hubert, El odio




Justo en el punto. Así podría definirse con pocas palabras lo que consiguió Mathieu Kassovitz con El odio (La haine), película que nos muestra la realidad de los suburbios de París a finales del 95. Recientemente rescatada de un incomprensible olvido debido a los últimos altercados que han acontecido en la capital parisina en 2005, El odio parecía entrever a mediados de la década pasada los peligros que amenazaban el equilibrio y bienestar en los alrededores de las grandes capitales francesas. La fuerte represión policial, la marginación social, el desempleo y la discriminación racial, han hecho de los suburbios de París un hervidero repleto de traficantes, droga, prostitución y violencia, un caldo de cultivo que explotó con la entrada del nuevo siglo. La obra de Kassovitz nos muestra la otra cara de la París de postal, un colectivo que contrasta con la socialité de la capital, un mundo aparte habitado por los olvidados de Francia, a sólo unas pocas paradas de metro del corazón de la ciudad del amor se encuentra la ciudad del odio.





Si algo podemos decir con seguridad, es que Mathieu Kassovitz ha respirado cine desde su infancia. De madre montadora y padre director, el joven Mathieu hizo sus pinitos como intérprete a muy temprana edad aunque pronto comenzó a desenvolverse con soltura en la dirección, siguiendo los pasos de su padre. Seguramente fuera la increíble historia de su padre la que le llevara a escribir el guión de El odio. Peter Kassovitz nació en Budapest pero fue separado de los brazos de sus padres a los cinco años. Tras pasar por varios campos de concentración, logró sobrevivir al holocausto y volvió a su Hungría natal. Años más tarde, durante la revolución comunista de 1956, emigró hacia París. No obstante, los tres primeros años en la ciudad fueron realmente duros, pasó hambre y le costó mucho encontrar empleo, eso sin contar con los impedimentos del idioma. Fue testigo de la creciente ola de inmigración proveniente de los países del este, hecho que le ayudó a dar sus primeros pasos en la capital. No fue hasta 1959 cuando comenzó a trabajar como cámara en televisión, cinco años más tarde ya pudo dirigir sus primeros documentales y cortometrajes, enfocando su carrera casi íntegramente a la televisión. Curiosamente, fue durante la década de los sesentas cuando se reencontró con sus padres, los cuales no veía desde hacía más de 15 años, de hecho, apenas los recordaba.

Las raíces húngaras de Mathieu, las proezas que tuvo que realizar su padre para burlar a la muerte, junto con el reencuentro entre sus abuelos y su padre, le hicieron fijar la mirada en los suburbios de París y en el descontento que se contagiaba cual pandemia entre las barriadas de la periferia. El guión de El odio era una de esas historias que permanecieron en un cajón durante largo tiempo, una trama que rondaba por la cabeza del joven cineasta desde principios de los noventa, lo que nadie sospechaba era que el chaval hubiera creado una obra maestra de tal calibre.

El argumento se centra en un suceso que transcurre durante un día. Abdel Ichah es hospitalizado a causa de una brutal paliza recibida por la policía al ser detenido durante unos disturbios. Su estado es crítico y su vida pende de un hilo. Por otro lado tenemos a Vinz (Vincent Cassel), Hubert (Hubert Koundé) y Saïd (Saíd Taghmaoui), tres amigos que viven en Les Muguets, una de las barriadas adyacentes a la capital, intentando seguir adelante como pueden y a su manera. Vinz sorprende a sus compañeros al mostrarles la pistola que robó el día anterior a un policía. El joven rebosa odio y rabia por lo sucedido con su amigo Abdel e intenta convencer a los otros dos para salir a la calle y asesinar al primer policía que se cruce. Hubert, el más sensato de los tres, amaina los ánimos de Vinz, sin embargo, la tensión con la policía se respira en todas las calles del barrio, como si algo horrible estuviera a punto de suceder. Las próximas veinticuatro horas no solo sellarán el destino de Abdel, sino también el de los tres chavales.


La obra de Kassovitz traspasó todas las fronteras entre elogios de parte de la crítica. Por otro lado, en taquilla no funcionó como esperaba, como tampoco tuvo éxito al cruzar el Atlántico. Eso no hizo que no recopilara una buena colección de premios a su paso por los festivales, catapultando a Kassovitz al estrellato (tenía nada más que 26 años) tras llevarse consigo el premio al mejor director en Cannes, y relanzando las carreras del trío protagonista. Pocos hubieran predicho que tras 1995 la estela de esta obra maestra se iría difuminando con el paso de los años. Ya fuera por la irregular carrera del director o el poco fuelle que demostró en las salas, El odio pasó a ser una marginada (igual que sus protagonistas) de los circuitos locales de distribución. Lamentablemente, los disturbios acaecidos en Francia durante aquel noviembre negro de 2005 refrescaron la memoria de muchos, logrando el resurgir de un film tirado en la cuneta, momento en el cual Kassovitz vivió su segundo éxito. Hoy día la influencia del film ha creado escuela, haciendo palpable su legado en trabajos de directores como Romain-Gavras (todos recordamos el videoclip de Justice, Stress), o en películas como Pizza, Birra, Faso (1998).

Volviendo a la película. A mi modo de ver la grandeza de El odio no reside solamente en el trío que aguanta la película, siquiera en el despliegue de talento de Kassovitz en la dirección o por el brillante trabajo de Pierre Aim en la fotografía en blanco y negro. El odio es un film que transpira violencia en todos sus planos, una agresividad contenida que hace correr la película como un purasangre. La fuerza del relato se aguanta en el leit motiv de la película, ese que Herbert se ocupa de contarnos al arrancar al film: “¿Recuerdan la historia de ese hombre al que empujan desde la azotea de un rascacielos? Mientras iba cayendo, cada diez pisos se decía a si mismo: por ahora todo va bien, por ahora todo va bien.” Esta es una manera muy sutil de resumir la situación que se vive en los ‘ghettos’ de París, el problema no es la caída sino el aterrizaje. La situación en la que viven los tres personajes es de acoso continuo, si no son los teleobjetivos de las cámaras de televisión serán los cañones de las pistolas de los policías. La libertad que claman estos supervivientes del ‘ghetto’ choca con la incompatibilidad frente a lo establecido.


El guión juega con la fuerza de la gravedad, el conflicto es un hecho ineludible, el estallido de violencia tardará poco en poblar las calles de llamas alimentadas por el odio. Obviamente, el racismo, la discriminación social y el espíritu autocrítico con respecto a la situación de entonces son otros pilares en los que se aguanta el guión, logrando plasmar la instantaneidad del momento en pantalla y capturando la tensión vivida a mediados de los noventas. Esto nos lleva a su esencia documentalista, que exponiendo sin tapujos la vida en los suburbios, rodando en sus calles, tomando a actores amateurs y gente del barrio para enriquecer la ‘fauna’ del film.

El odio es una película que tiene todos los elementos para ser considerada como una de las mejores películas de la década pasada. La dirección de Kassovitz es un regalo para los ojos, no sé hasta que punto Pierre Aim (director de fotografía) influyó en el look final de la película, pero el trabajo de ambos es para enseñar en las escuelas de cine. No exagero ni un ápice, ésta es una película brillante a la que pocas pegas se le puedan poner, uno de los mejores trabajos que el cine nos ha dado en los últimos quince años.

Una bomba de relojería.


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