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miércoles, 3 de noviembre de 2010

Crónicas de Tannhäuser: Incidente en Ox-Bow





“¿Justicia? ¿Qué le importa a usted la justicia?
Ni siquiera le importa haber dado con el hombre correcto o no.
Todo lo que sabe es que se ha perdido algo y alguien tiene que ser castigado por ello.”


Donald Martin, Incidente en Ox-Bow




Rebuscando en los cajon
es de la memoria nos topamos de improviso con recuerdos olvidados, secretos que se traspapelan y pequeños detalles pasados que se nos han escurrido entre los dedos de las manos. Entre los recuerdos hay sabores, melodías y escalofríos que nunca olvidaremos, pequeñas historias que nos obligan a hacer un alto en el camino, invitándonos a reencontrarnos con ciertos sucesos o ciertas sensaciones, conteniendo nuestra respiración unos segundos antes de reanudar la marcha. Echando la mirada hacia atrás, muy atrás, descubrimos una “peliculita” que a día de hoy es más que un peliculón, y que nos obliga a hacer una pausa en nuestro camino; Incidente en Ox-Bow.

William A. Wellman necesitó únicamente 75 minutos para dejar una huella indeleble en el western. Wellman fue un director de películas embl
emáticas de los treinta como Enemigo público (1931), Ha nacido una estrella (1937) y Beau Geste (1939), además gozaba de la fama de ser considerado como uno de los mejores directores de cine de aventuras del momento. Paralelamente, un joven novelista llamado Walter Van Tilburg irrumipiría a la escena con un trueno llamado Incidente en Ox-Bow, novela publicada en 1940 que se convertiría en su primer éxito y en la obsesión del director. Wellman se enamoró de la novela y solicitó insistentemente a Darryl F. Zanuck la compra de los derechos de la novela de manera inmediata. Zanuck, importante productor hollywoodiense (jefazo de la Fox), los compró por unos cuantos miles de dólares, aunque no accedió a producir el film. Lamar Trotti se ocupó de ella siguiendo las recomendaciones de Zanuck, rodar el film íntegramente en plató. Por ello, el mismísimo Trotti se encargó de adaptar la novela de Van Tilburg, ajustándose a las limitaciones con respecto a la financiación y producción del film (poco más de 500.000 $). Wellman no tuvo más remedio que adaptarse a las condiciones, de todos modos no tenía tiempo de atender las demandas de guión al estar finalizando La estrella del Variedades (estrenada en 1943).

Tras varios meses de trabajo Trotti consiguió completar un guión que se rodaría entre finales de junio y principios de agosto de 1942, aunando los escenarios en pro de una económica producción, logrando que la mayoría del film se completase en interiores. El film se completaría con un elenco estelar encabezado por Henry Fonda, seguido por Dana Andrews y Anthony Quinn, redondeado por grandes secundarios como Harry Morgan o Mary Beth Hughes. El 21 de mayo de 1943 se estrenó en EEUU, recibiendo un amplio apoyo por parte de la crítica, que al momento la nombró como la película del año junto con La sombra de una duda, de Hitchcock. No se puede decir que en taquilla fuera un éxito, aún así, la Academia no la olvidó a la hora de incluirla como una de las nominadas a la mejor película. El éxito de Incidente en Ox-Bow fue más bien tardío, gracias al renombre que se había ganado en Europa, concretamente en Francia, donde fue considerada una de las obras más influyentes de la década. Su influencia es palpable en el cine de directores de la talla de Clint Eastwood, demostrando una vez más que el tiempo es un juez inapelable.


El incidente tiene lugar en el valle de Ox-Bow, cercano a la localidad de Bridger’s Wells (Nevada), en 1885. Gil Carter (Henry Fonda) y Art Croft (Harry Morgan), son un par de vaqueros que trabajan como temporeros en la región. En su travesía hacia el sur deciden tomar un trago en el Conby’s Saloon. Una vez en el Saloon conversan sobre la serie de robos de reses que se vienen sucediendo en la comarca, hecho que tiene intraquila a toda población de Bridger’s Wells. Allí mismo reciben la noticia del asesinato Larry Kincaid y el posterior robo de su ganado, un conocido ranchero oriundo del lugar que contaba con la simpatía de la mayor parte del pueblo. La muerte del popular personaje se convierte en la gota que colma el vaso, el gentío se agrupa en las puertas del Saloon pidiendo venganza. La ausencia del alguacil provoca que todo llamamiento a la ley y el orden se desoiga, entre la multitud se erigen líderes de dudosa condición moral, sedientos de sangre y muerte. Ambos amigos siguen al convoy que va en búsqueda de los supuestos asesinos. Una vez los encuentran deciden tomarse la justicia por su mano.

Antes de abordar la trama haré un espacio dedicado al elenco de actores. Fonda y Harry Morgan hacen de maestros de ceremonia, ambos son el nexo de unión entre el espectador y el puñado de bestias que vemos en pantalla. El carácter sencillo y reflexivo de la pareja nos transmite el punto de vista desde el cual está narrado el relato, uniendo los comentarios y tímidas réplicas de todos y cada uno de los personajes del film. Dentro de una puesta en escena bastante teatral donde encontramos complejas secuencias ocupadas por casi una veintena de figurantes, cada personaje encuentra su espacio para declarar su punto de vista, regalándonos la frase que le definirá durante todo el metraje, dándole lugar para decidir si quiere ser partícipe o no del horror que está a punto de cometerse. Dejadme añadir que Henry Fonda logra culminar otro gran papel, dejando entrever su incipiente interés por las tramas de índole similar como puede apreciarse en 12 hombres sin piedad (1957), film con el que guarda muchísimas reminiscencias.


Wellman narra el suceso de una manera cruda y sobria. Su dirección está falta de sentimiento, nos muestra con desprecio a una panda de infames pueblerinos que buscan implantar su ley a golpe de martillo. Cada uno tiene sus razones, algunos sólo quieren ir a mira aludiendo al aburrimiento, otros sencillamente participan por saciar su sed de sangre, por desatascar de vez en cuando el cañón de su Winchester, y finalmente está la frustración de la derrota, el trauma de la Guerra de Secesión que no abandona el corazón de los que combatieron con el ejército confederado.


La película, aún siendo minúscula, tuvo un peso importantísimo dentro de la industria, concretamente dentro del género del western. La influencia fordiana en la película es más que tangible, el cine de Ford era un modelo para la mayoría de cineastas de la época, desde Orson Welles a Kurosawa. Sin embargo, Wellman intenta dar una vuelta de tuerca dentro del género apostando por una historia tan interesante como provocadora. El western estaba considerado un género ligero enfocado al gran público, la crítica no lo tomaba en serio y pocos directores gozaban de su simpatía. Incidente en Ox-Bow llega a tontear con el cine negro, introduciéndonos por primera vez en el género conceptos como el de falso culpable, reflexiones sobre el equivocado sentido de la justicia o argumentos referentes al crimen sin castigo. El film demostró que el western también puede tratar temas profundos y delicados, poniendo de manifiesto la versatilidad del género, prolongando su vida hasta nuestros días.

Incidente en Ox-Bow es una profunda reflexión sobre la moral y la conducta humana, recalando en la delgada frontera que separa al hombre del monstruo. Al contrario que en Fuenteovejuna, la ley termina por imponerse al caos sembrado por el pueblo, demostrando su valía y fiabilidad en los momentos en los que se decide el futuro de una sociedad, convirtiendo al film en un poderoso alegato a favor del imperio de la ley.

Una joya casi olvidada.


- Os dejo con un trailer narrado por el mismísimo Fonda. -

viernes, 25 de junio de 2010

Crónicas de Tannhäuser: 12 hombres sin piedad


"Siempre es difícil lidiar con los prejuicios personales en un caso como este.
Y dondequiera que desemboque, los prejuicios siempre ocultan la verdad.
Yo no sé realmente cuál es la verdad. No creo que nadie la sepa. [...]
Puede que estemos tratando de dejar a un hombre culpable en libertad,
no lo sé. Nadie puede saberlo realmente. Pero tenemos una duda razonable,
y eso es algo muy valioso en nuestro sistema.
Ningún jurado puede declarar culpable a un hombre a menos que esté seguro de ello.
Tenemos a nueve que no pueden entender como
los otros tres todavía están tan seguros.
Tal vez podáis aclarárnoslo."

Miembro del jurado nº 8, 12 hombres sin piedad




La década de los cincuenta abrió un gran número de puertas a jóvenes y talentosos directores que intentaban abrirse paso entre los gigantes de la industria. La Nouvelle Vague era el único movimiento que plantaba cara a la omnipresente industria americana que con la mano derecha apostaba por sus clásicos y con la izquierda tanteaba tímidamente otros terrenos como el de la ciencia ficción o la nueva inquilina de las casas americanas, la televisión. De la pequeña pantalla se rescataron varios guiones que finalmente dieron sus frutos en las salas, además, durante esta época surgió la primera generación de directores provenientes de la caja tonta, como por ejemplo el eterno inconformista, Sidney Lumet.

Lumet tuvo la oportunidad de dirigir su ópera prima a la edad de 33 años, gracias a la adaptación cinematográfica de un guión televisivo escrito por Reginald Rose para la CBS en 1954. El guión, titulado 12 hombres sin piedad, que por cierto, nunca entendí el porqué del título, siquiera en inglés; 12 Angry Men, ya que nunca me pareció que estuvieran faltos de piedad, como tampoco enfadados. Volviendo al guión, planteaba muy pocos problemas a nivel de producción por situar la totalidad de la acción en un mismo escenario. Por otro lado, Lumet fue escogido por su gran conocimiento del teatro y la televisión, algo esencial para abordar la planificación del film. El debutante director, sabedor de las limitaciones que tenía y de la magnitud del reto que tenía ante si, apostó por Boris Kaufman como director de fotografía, un veterano fotógrafo que sabía manejarse a la perfección en los espacios reducidos.

El guión de Reginald Rose se nutría de varias influencias que iban desde la televisión hasta el teatro. El planteamiento se basaba en dos puntos; “¿Cómo un individuo puede convencer a un grupo entero de personas de que están equivocados, y él no?”. El segundo punto tiene que ver con una unidad entre el tiempo, la acción y el espacio, con esto quiero decir que todo transcurriría a tiempo real, tal y como sucedería en el teatro o en la vida misma, así como lo hizo Carl Foreman en 1952 con Solo ante el peligro (High Noon).

El elenco de actores se cerró sin mayor problema teniendo en cuenta que Henry Fonda era el productor ejecutivo y protagonista del film. Esto fue un reclamo que atrajo a actores de la talla de Lee J. Cobb, E. G. Marshall, Jack Klugman, Joseph Sweeney, Jack Warden o Ed Begley. Con Fonda como cabeza de cartel, Kaufman cubriéndole las espaldas y un guión tan original como extraño de Reginald Rose, el primerizo Lumet, se puso manos a la obra para dirigir lo que sería una de las mejores y más peculiares óperas primas que se recuerdan, rodándola en tan sólo 20 días y estrenándola en 1957.


La trama se centra sobre la deliberación que 12 hombres (no hay ninguna mujer ahora que me fijo) deben hacer sobre el futuro de un muchacho que es a priori culpable de parricidio. El jurado popular, formado por esos 12 hombres, parece mantener una opinión unánime sobre el acusado, no obstante, el miembro número 8 (Henry Fonda), discrepa sobre la culpabilidad del joven acusado teniendo en cuenta y discutiendo sobre diferentes razonamientos y argumentos que se han expuesto en el juicio. La locuacidad del miembro del jurado y la serenidad al otorgarle al acusado el beneficio de la duda hacen que uno a uno los miembros del jurado vayan cambiando de opinión, tornando el aparentemente sencillo dictamen en una ardua y compleja lucha dialéctica.

Obviamente el punto principal y la base en la que se sustenta la totalidad de la historia es un guión que apuesta por una elocuente propuesta narrativa. No obstante, aún estando repleto de ingeniosos y brillantes diálogos que terminan por tejer los 96 minutos de metraje, pienso que hay una alta carga de ingenuidad en el planteamiento. Fonda consigue convencer a todos y cada uno de los miembros del jurado gracias a su labia y honestidad, modulando no sólo los tempos narrativos sino también la opinión del espectador. No obstante, a estos miembros parece no importarles en absoluto la vida del chico que está sentado en el banquillo de los acusados, incluso, carecen de argumentos sólidos para rebatir a Fonda u opiniones propias con respecto a la caso (en resumidas cuentas, demasiado tontos). Los arquetípicos personajes (el empresario, el arquitecto, el relojero...), planos y reconocibles por la mayoría del público, se limitan a defenderse de Fonda con los débiles razonamientos que conciernen a su propio interés, provocando que vayan cayendo uno a uno como piezas de dominó. A mi parecer, no creo que un jurado popular este tan falto de ética y moral, sino ya podríamos ir haciendo las maletas, aunque bien se podría interpretar como una crítica de Lumet al endeble sistema judicial americano (siendo generosos). ¿Qué le vamos a hacer si sólo tenía 96 minutos para contarlo?

De todos modos el guión no deja de ser brillante en muchos aspectos. El arranque del film se inicia una vez finalizado el juicio, por lo tanto no sabemos a ciencia cierta que es lo que ha sucedido para que ese chico esté siendo acusado. La historia está contada por terceros y el espectador se sumerge en una historia contada por unos personajes que no tienen todos los datos sobre ella, ofreciendo al espectador la versión de la versión de lo sucedido. Paralelamente, Lumet entregó al espectador un doble punto de vista sobre la justicia americana; el primero de ellos la analizaría de un modo autocrítico, acentuando sus debilidades como los prejuicios raciales o la poca fiabilidad que transmiten los jurados populares. En cambio, todo está contado desde un prisma de un profundo respeto hacia el sistema, ensalzando la libertad de expresión y diálogo, haciendo hincapié en el modelo de justicia americano como ideal a seguir. José Luís Garci la definió de esta manera tan significativa: "Cuando la vi en su estreno en 1958 (en España), pensé que Estados Unidos era un lugar magnífico, futurista y civilizado en el cual todo el mundo podía discutir y opinar sobre lo que quisiera.", obvio teniendo en cuenta que en el 58 aún perduraba la dictadura en nuestro país.


Este último punto nos traslada directamente hacia el terreno de la duda. Gracias a que ninguno de los miembros del jurado sabe que sucedió la noche del asesinato, Fonda planta la semilla de la duda, aferrándose a la presunción de inocencia con el propósito de desvelar la verdad. El papel de Fonda es tan brillante como veraz, sin él la película no tendría por donde aguantarse (o casi). Su presencia en pantalla, su rectitud y buen hacer que desprende, la manera de caminar por el set y su impresionante mirada le valieron para firmar una caracterización magistral, un papel típico de James Stewart que Henry Fonda logra bordar a la perfección.

Tras las cámaras dirige una mente brillante que capeó todos los problemas de realización con una acierto exquisito. Es cierto que para muchos, 12 hombres sin piedad es una obra de teatro transportada al cine, en cambio, creo que tiene mucho más de la televisión que no del teatro. Empezando por la manera de iluminar de Kaufman, a caballo entre una iluminación homogénea para televisión adaptada al cine y siguiendo con la planificación de Lumet, que arranca en una primera parte llena de angulares para pasar a una segunda parte en la que hace uso de teleobjetivos, reduciendo el espacio con tiros de cámara a la altura de los ojos. Finalmente concluye con una tercera en la cual el contrapicado será el máximo protagonista, mostrándonos el techo en un gran número de planos y utilizando efectivos (que no efectistas) movimientos de cámara para acentuar el dramatismo. Añadiendo, Lumet contaba con máximo tres cámaras, cosa que le impedía realizar al más puro estilo televisivo y ofrecer una continuidad a los actores típica del teatro. Sobre todo, lo brillante es lo bien trabajada (increiblemente bien trabajada) que está la puesta en escena, tan realista que parece incluso artificial (es que lo es). Por último, hay que contar con la existencia de una cuarta pared (recordemos que no nos moveremos de la sala en prácticamente todo el film), algo que definitivamente aleja a la película del teatro, ya que le otorga una profundidad de la que carece en el escenario.

Sin la intención de recalentaros más la cabeza, cabe decir que la obra es más cercana a la tesis cinematográfica que no a una crítica puntual sobre la condición humana o el sistema judicial. El film transpira cine por todos sus poros y se plantea como un suculento reto a ojos de un ambicioso director como Lumet. Aún teniendo deficiencias y bajones en el ritmo, agujeros importantes en el guión y partir de un planteamiento más bien perezosamente ingenuo, el film se ha erigido como uno de los más importantes dentro de la temática judicial. Un fracaso comercial que se miró con extrañeza durante décadas (aún habiendo logrado varios Oscar) y que hoy en día se considera una rareza maravillosa, una obra de arte en mayúsculas. Bienvenidos a la sala 228 del Tribunal de Manhattan.

Guilty or Not Guilty?



jueves, 28 de enero de 2010

Crónicas de Tannhäuser: Hasta que llegó su hora

"¿Sabe usted algo acerca de un tipo que anda por ahí tocando la armónica?
¿Te recuerda a alguien?

En lugar de hablar, toca. Y cuando mejor toca, habla."
Cheyenne, Hasta que llegó su hora.


El punto y final en el western, la última gran historia, la caída de los pistoleros frente a la revolución industrial, una ópera sobre la muerte. Hasta que llegó su hora (Once Upon a Time In West) fue el final de los westerns para Leone tras los éxitos de la llamada "trilogía de los dólares" con Clint Eastwood (Por un puñado de dólares, La muerte tiene un precio, El bueno, el feo y el malo). El director italiano tenía la intención de abandonar el género para abordar una nueva trilogía llamada “La trilogía de la muerte” pero la Paramount le forzó a dirigir un último western. Leone aceptó a regañadientes pero se propuso crear una historia que pusiera un punto final a su carrera en el western, para ello dispuso de la ayuda de dos grandísimos cineastas, Dario Argento y Bernardo Bertolucci que escribieron la historia junto con Leone.

La historia trata sobre la unión entre la costa este y oeste americanas mediante el ferrocarril. Morton (Gabriele Ferzetti), magnate ferroviario, está a punto de conseguir la hazaña de unir las dos costas y para ello está dispuesto a utilizar todos los instrumentos que tiene en su poder para arrebatar las tierras que le restan para terminar de construir la larguísima vía ferroviaria. Para ello contrata a un grupo de vándalos encabezada por Frank (Henry Fonda), el cual debe asesinar a Brett McBain (Frank Wolf) para apoderarse de sus tierras, sin embargo, no cuenta con la llegada de su esposa Jill (Claudia Cardinale) que es la heredera de las éstas. Por otro lado, la alianza entre Harmonica (Charles Bronson) y Cheyenne (Jason Robards) harán que los planes de Morton acaben fallando.

Hasta que llegó su hora es el ejemplo de western por antonomasia, en ella se respira polvo, se escuchan trenes lejanos dirigiéndose a destinos desconocidos, se divisan cantinas perdidas en solitarias llanuras y humaradas de tierra levantadas por el galope de los caballos sobre las lomas de las montañas.

El arranque del film es quizás uno de los más impresionantes de la historia del cine, aquí el director nos sitúa en una estación de tren en la cual hay un grupo de pistoleros esperando la llegada de un tren. En esta secuencia siquiera hay diálogos, cada acto, por muy pequeño que sea parece ser transcendental, el tiempo se dilata y parece que los segundos se hacen minutos y los minutos horas. Destaca sobre todo el ritmo de montaje, lento, sobrio y perfecto, combinado con un magistral trato del sonido, huérfano de banda sonora y riquísimo en detalles como lo son el molino, el sonido de las botas sobre la madera, el chirriar de una mecedora o el vuelo de una mosca. Toda esta escena está dedicada a la presentación de un personaje, Harmonica, pistolero solitario donde los haya que acaba por eliminar a los bandidos que esperaban su llegada a la estación.


La película es parca en diálogos, se centra mucho en el ritmo del montaje combinado con la excelente (siempre excelente) banda sonora del maestro Morricone haciendo así que cada plano del film llame a la reflexión además de acentuar el erotismo y la cruda violencia que hay latentes durante el devenir de los acontecimientos. Para esto último hay que fijarse en la escena en la que Frank asesina a la familia McBain, sólo hay que prestar atención al momento en el que salen los bandidos entre el polvo y los matorrales para darse cuenta de que lo que estamos viendo es como decía el propio Leone; “cinemá, cinemá”. Llama la atención el papel que desempeña Henry Fonda en el film, siendo conocido como la cara bonita del cine, encarna a uno de los bandidos más crueles y desalmados del western. La atracción entre él y la cámara es inigualable, es inevitable recordar las palabras de John Ford en cuanto sale en escena; "¿Ves como camina Fonda? Eso es cine".


Leone no tenía planteado hacer este film, sin embargo es la obra magna de su carrera y un clásico entre clásicos. El abrumador éxito del film hizo que tuviera que dirigir aún otro western más que fue incluido dentro de "La trilogía de la muerte", éste fue el fallido ¡Agáchate maldito! (Once Upon a Time... The Revolution), uno de los fracasos dentro de la carrera del director. El cierre de la trilogía lo comanda Érase una vez América (Once Upon a Time In America), una de las mejores películas de temática gángster.

El film es una elegía, una oda al western, llama la atención la mezcla de sensaciones que nos transmite combinando una extrema crudeza con una sensibilidad inusual para un film del género. Se nota mucho la influencia de Kurosawa sobre todo por su ritmo pausado y contemplativo, también por el gran tamaño de sus planos y los sentimientos que hacen mover a los personajes en la historia. Hasta que llegó su hora es una historia de venganza, esta vez el director abandona la codicia como elemento fundamental para hacer que camine la historia y se fija en valores mucho más profundos como el honor, la palabra dada y el respeto.

Quizás el mejor western de la historia, en él se respira muerte y pólvora a partes iguales, ¿Qué opináis vosotros?

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