miércoles, 13 de octubre de 2010

Crónicas de Tannhäuser: Encuentros en la tercera fase







“Dice que el Sol salió anoche y le cantó.”

Líder del proyecto, Encuentros en la tercera fase





Durante la segunda mitad de los 70 surgió una espléndida y maravillosa generación de cineastas que coparon todas las miradas durante más de una década. Esta generación, a parte de ser una de las mejores de la historia de Hollywood, fue la encargada de levantar al monstruo que se estaba derrumbado por su propio peso, resucitándolo de sus cenizas y alzando el vuelo con un áurea de esperanza, optimismo, genialidad y fantasía. Antes de la fundacional Star Wars de Lucas, un imberbe y veinteañero Steven Spielberg que se había llenado los bolsillos con el bombazo de Tiburón (1975), se disponía a embarcar el viaje hacia su tercer largometraje.

Si con El diablo sobre ruedas (1971) demostró sus valía como perfecto realizador con un dominio espeluznante de la puesta en escena, Tiburón sirvió para corroborar que su talento no era fruto de un sólo día, demostrando además su universal magnetismo para con el público, acumulando multitudes espectadores en las salas y multitud de millones en las arcas. La tercera fase (nunca mejor dicho) corría por un sendero más íntimo y personal, una semilla plantada en su infancia que no pudo germinar completamente hasta 1975, cuando quiso rescatar Firelight (1964), su primer y ambicioso largometraje amateur completado con 500 $ a la edad de... 18 años. Este largometraje de 120 minutos narraba el ataque de unos platillos volantes a una pequeña localidad norteamericana, dejando entrever su creciente afición por las estrellas, la ufología y lo desconocido.

Tal era la obsesión y estima que tenía por el proyecto, que él mismo fue el guionista del film (a excepción de escenas, diálogos y situaciones puntuales), elaborando minuciosamente una película en la que, a pesar de su espectacularidad, nos cuenta una historia que ocurre sobre todo en el interior de cada uno de los personajes. No hay que olvidar nunca los detalles que resplandecen al mirar atrás y recordar una película como ésta; en ella, Richard Dreyfuss hace su mejor papel con diferencia antes de su caída en picado, tenemos a un François Truffaut (en un principio su papel lo iba a interpretar Roman Polanski) que nos arranca una sonrisa a todos los que amamos esta cosa llamada cine, un John Williams inconmensurable, completando una de sus mejores piezas, inundándonos el alma, encogiéndonos el corazón con cinco simples notar musicales. A parte, tenemos a un Spielberg volcado y entregado en cuerpo y alma a un proyecto que ha brotado de su interior, empecinado en hacerlo lo mejor posible, rindiendo fidelidad y pleitesía a la creatividad y su criterio sin estar tan pendiente de los billetes verdes (una rareza, sin duda).


He aquí la historia de Roy Neary (Richard Dreyfuss), un empleado de una compañía eléctrica que se encuentra arreglando un apagón cuando su camioneta se detiene a mitad de camino, siendo inundado por una potente luz procedente del cielo; sufre un encuentro cercano en la tercera fase. Entretanto, el científico y ufólogo francés Claude Lacombe (François Truffaut), investiga la extraña aparición de un escuadrón aéreo perdido de la II Guerra Mundial en medio del desierto de Sonora. Volviendo a Neary, nos percatamos de que es completamente incapaz de reponerse del suceso, obsesionándose y fascinándose por igual con todo lo adyacente a la ufología. Su esposa Ronnie (Teri Garr) intenta comprender a su marido, pero la errática conducta de éste provoca que termine abandonándolo, llevándose con ella a sus tres hijos. Por otro lado, Jillian Guiler (Melinda Dillon) también sufre la extraña obsesión de Ray, sobre todo tras haber presenciado la abducción de su hijo Barry (Cary Guffey). Ambos no cesan de dibujar extraños bocetos y hacer maquetas de una extraña montaña que no abandona sus pensamientos. Finalmente, Ray consigue localizar la montaña tras verla en un programa de televisión, encaminándose rápidamente hacia ella, donde asistirá uno de los sucesos más maravillosos que jamás se hayan visto.

Antes de nada, nada más terminar la película, nos quedamos un regusto agridulce (al menos en mi caso) que nos invita a reflexionar sobre lo sucedido, como si nosotros mismos hubiéramos encarnado el personaje de Neary, obligándonos a preguntarnos repetidamente si habríamos hecho algo más para mantener la familia unida, si dejaríamos de lado nuestros sueños recurrentes o si nos pensaríamos mejor el hecho de subir o no a aquella nave. Y es que no hay que olvidar que Encuentros en la tercera fase es en su totalidad una película agridulce, un film que nos rescata de la rutina y la sensatez, entregándonos bandeja en mano una oportunidad, un sueño místico, una gran y rotunda respuesta a todas las grandes preguntas. El film es una historia humana sobre la aceptación y la redención protagonizada por un ciudadano medio que no comprende que es lo que sucede a su alrededor, de ahí su obsesión por los OVNIs y su errante comportamiento.


Y destaca sobre todo el carácter místico que Spielberg infiere en el film con respecto a la ufología. No hay más que fijarse en las multitudes agolpadas en las montañas esperando el avistamiento, como si fuera una religión, como si esperaran al segundo advenimiento de Cristo. La búsqueda personal y el viaje interno que experimentan los personajes se refleja en el espejo del cosmos, esperando lograr una respuesta que dé sentido a los sucesos que les han envuelto durante las últimas semanas, zarandeando las creencias preestablecidas y la concepción del mundo que tenían antes de los encuentros. Curiosamente, parece que Spielberg vive con las mismas pesadillas recurrentes que sufren sus personajes, ya que Encuentros en la tercera fase es una película que es incapaz de dejar en paz, habiendo realizado dos nuevas versiones en las que varia el final. Según el propio Spielberg: “Cuando era joven siempre quise saber que es lo que se escondía ahí adentro, habría entrado a la nave sin pensármelo. En cambio, ahora que ya tengo una familia, mi punto de vista ha cambiado y el final de la película no me parece nada lógico, ya que no habría abandonado a mi familia bajo ningún concepto.” Esta premisa le acompañará en adelante, convirtiéndose en el centro de la mayoría de sus películas, enfatizando los valores de los lazos familiares y tornando su cine hacia el camino de la previsibilidad y el conformismo (para que negarlo).


Pero hubo un Spielberg joven y valiente que plantó cara a los dinosaurios de la industria con un film repleto de esperanza y rebosante de optimismo. Entre la maleza, se erigió un director empecinado en maravillar al mundo, obcecado en hacer un film de ciencia ficción en el que los extraterrestres no atacaran a la tierra, convirtiéndolo en una oda a los sueños y a lo desconocido. El ejemplo sería el último acto, una gran pieza de casi 30 minutos donde Spielberg y Williams deslumbran al mundo del cine con una continuación de imágenes que no se veían desde 2001: Una odisea del espacio (1968). La clave, como siempre, reside en la música, tratada como idioma universal mediante el cual se pueden comunicar las culturas del espacio. La originalidad de la secuencia, junto con la belleza de las notas musicales que Williams compuso para el film, terminaron por establecer el film como un icono de la ciencia ficción.

Si bien el ritmo ‘in crescendo’ del film nos pega a la butaca mientras aumenta nuestra espectación y curiosidad hacia el esplendoroso final, el lastre psicológico del protagonista nos vuelve intranquilos y un tanto impacientes, incluso me atrevo a decir que la excesiva recreación de Spielberg en la tragedia de Roy ralentiza y mina el ritmo de la película. Aún así, el final es equivalente asistir a un espectáculo de fuegos artificiales, su extrema belleza y la grandilocuencia de las imágenes disipan cualquier duda sobre la calidad de la película, demostrando la buena racha de Spielberg con su tercer superéxito, bautizándolo como el nuevo Rey Midas de Hollywood.

Pentatónica maravilla.


- Os dejo con la mítica secuencia de la conversación musical. -

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