viernes, 10 de diciembre de 2010

Crónicas de Tannhäuser: Rashomon






“Mentir es humano.
La mayoría de las veces no podemos ser honestos ni con nosotros mismos.”

Estudiante, Rashomon




Como ya sabéis el primer día de clase en la universidad se dedica a las presentaciones, adelantar el temario que se dará durante el curso, el modo de evaluación por el que optará el profesor y diversos actos protocolarios. También es el día en el que te avisan, “este es un cabrón”, “esta asignatura es el hueso de la carrera” o “el año pasado sólo aprobó a veinte alumnos de toda una clase”. Cada uno de esos comentarios van formando una imagen en tu mente (así como sucede en la película que nos pertoca) que termina por perfilar al monstruo de dos cabezas venido del infierno que va a destrozar tus ilusiones de un primer año de carrera impoluto.

En cuanto cruza la puerta, observas que es humano como el resto de la clase, intentas encontrar puntos en común con él: tiene dos orejas (igual que yo), también un par de piernas (que por ahora también conservo) y va vestido de pies a cabeza (actividad que intento practicar siempre que puedo). Finalmente, el profesor se presenta al grupo y prosigue con su esperada charla, deleitándonos con una voz que poco a poco se torna en un monótono e hipnotizador tono que nos invita sensualmente a echarnos un sueñecito o regalarnos una hora en la que tocarnos... las narices.

Pero aún recuerdo aquel día, el primer día de clase de guión, cuando aquel hombre alzó la mano y nos señaló con el dedo a todos nosotros. En aquel instante, algunos (yo, por ejemplo) abrimos el ojo y nos retorcimos sobre nuestros traseros, esperando quizá, que dicho personaje iluminara nuestro sendero con una luz esclarecedora, entregándonos en bandeja de plata una verdad incontestable. Sin embargo, su frase fue concisa y clara, dejándonos caer dos premisas que deberíamos cumplir antes de asistir a sus siguientes clases; “En la vida hay dos cosas que no puedes pasar por alto: una es conocer a Wagner, la otra, ver Rashomon”.

Obviamente me alegró escuchar algo así (aunque me sorprendió que el sexo no estuviera incluido por ninguna parte en su discurso), no sólo porque Rashomon es también una de mis películas favoritas, sino por ver que un hombre culto y leído, cercano a los cincuenta, valoraba la obra de Kurosawa con tal respeto y admiración. Rashomon (estrenada en 1950, dicho sea de paso) no es una película cualquiera, siquiera una obra maestracualquiera”, sino más bien un arquetipo, un modelo de cine que perdura hasta nuestros días, una fuente de la que han mamado muchos directores de todas las esquinas del mundo. El primer (y fallido) remake americano data de 1964, con Paul Newman de protagonista en un insípido y enrarecido western titulado Cuatro confesiones. Tras la fiebre americana de importar las películas de Kurosawa y rehacerlas dentro del marco de Hollywood, seguimos encontrando películas a lo largo de la historia que se inspiran claramente en el film del maestro nipón, entre ellas y por citar las más cercanas a nuestro tiempo y más o menos conocidas por todos, tenemos Hero (2002), En honor a la verdad (1996), Basic (2003), Divina pero peligrosa (2001) o la más reciente, En el punto de mira (2008).


Su influencia no sólo se limitó al terreno puramente cinematográfico sino que traspasó las barreras de la gran pantalla para instaurarse en varios ensayos filosóficos que trataban al film como genial documento que profundizaba en las entrañas de la condición humana. Por otro lado, el gran atractivo del film residía en su particular reflexión sobre la verdad frente a la moral, mostrándonos una serie de personajes capaces de manipular la verdad a su antojo en pos de su propio beneficio, dando una gran importancia al punto de vista por el cual se miraba el suceso. En definitiva, Kurosawa había abierto una puerta que significó un paso adelante en la narrativa fílmica, convirtiéndole así en uno de los maestros del cine de la época.

Obviamente y gracias a la seguridad que nos otorga la perspectiva histórica, podemos asegurar con total tranquilidad que Rashomon es una de las películas más importantes de la historia del cine, un milagro que brotó contra todo pronóstico del otro lado del Pacífico, situando por primera vez (y con el permiso de Yasujiro Ozu) a Japón como un referente en el mapa de la historia del celuloide. Sin embargo, Kurosawa tuvo muchísimos problemas a la hora de tirar adelante su historia ya que ninguna productora quería producir una marcianada extraída de unos cuentos de Ryunosuke Akutagawa (concretamente es una mezcla de los cuentos de Rashomon (1915) y El bosque (1922)). La postguerra también había hundido a la industria cinematográfica del país del Sol naciente, obligando a los estudios a dar en el blanco con todas las producciones de las que se hicieran cargo, mirando con lupa el lugar donde ponían su dinero. Kurosawa, aún haberse labrado un nombre en Japón tras la maravillosa El ángel borracho (1948) y la devastadora Duelo silencioso (1949), sólo pudo encontrar apoyo de la mano del modesto estudio Daiei, el cual financió el film con 250.000 dólares.



Rashomon cuenta la historia de tres viajeros que se hacen un alto en el camino al llegar al templo de Rashomon. Una vez allí, protegidos de la lluvia bajo el alto techo del templo, mantienen un diálogo tratando de entender la naturaleza humana, para ello, uno de ellos cuenta la historia de un terrible asesinato en el que se vieron implicados cuatro individuos. El primero de ellos era el presunto asesino, el bandido Tajomaru (Toshirô Mifune), la segunda era la esposa del fallecido, Masako (Machiko Kyô), el tercero sería su marido (el asesinado) Takehiro (Masayuki Mori) y el último un testigo sería el mismo narrador de la historia, el leñador que la cuenta desde el templo (Takashi Shimura). Cada uno de ellos dará su punto de vista sobre lo sucedido, siendo éstos muy poco definitorios, haciendo que el caso sea imposible de resolver. Los viajeros terminarán llegando a la conclusión de que el ser humano es un ser avaro, egoísta y mentiroso, dejándonos un relato que habla poco en favor de la condición humana. De todos modos, Kurosawa nos obsequiará con un edulcorado (y un tanto postizo) final que aliñará el film con una pizca de esperanza.

Rashomon arrasó en los festivales europeos y estadounidenses, consiguiendo llevarse un León de Oro en el Festival de Venecia y un Oscar honorario a la mejor película de habla no inglesa. El éxito del film (puntualizo que fue sobre todo un éxito a nivel de crítica y no de taquilla) fue inesperado incluso para Kurosawa, el cual creía que la película no llegaría a calar en Europa, sobre todo por su extraña estructura y el hermetismo aparente de la obra.


Técnicamente nos encontramos con un film revolucionario para la época, no sólo por las virguerías con respecto a la puesta en escena o los movimientos de cámara (preciosa fotografía de Kazuo Miyagawa por cierto), sino por el magistral manejo del montaje, el cual fue pionero y trascendental para la historia del cine. Kurosawa se había dado cuenta de que necesitaba tomar el control absoluto de la edición, por ello, un año antes luchó por tener el derecho al "final cut" de Escándalo (1950), película que se estrenaría el mismo año que Rashomon y con la que experimentó y pulió sus novedosas técnicas de montaje (las famosas cortinillas, barridos, etcétera). Cabe destacar que Rashomon está compuesta por una serie de flashbacks de flashbacks, es decir, historias pasadas dentro de historias pasadas.

En el año 50 la utilización del flashback estaba bastante extendida y era entendida por todo el público, sin embargo pocas películas basaban su grueso narrativo en ello (aunque Billy Wilder lo hizo con el Crepúsculo de los dioses ese mismo año), convirtiéndose así en un recurso puntual y extendido entre los guionistas como "el último recurso". Esta es otra de las razones por las cuales el director tuvo tantos problemas a la hora de encontrar una sólida financiación para la película, por contra, también es una de las razones por las cuales el film fue tan rompedor en la época, incluso me atrevería a decir que actualmente lo sigue siendo.


Concluiría su análisis aclarando que Rashomon es, sin duda alguna, una rara maravilla dentro del cine en general, como también de la filmografía del maestro en particular. Si bien la censura y las presiones ejercidas durante el mandato de Hirohito no hicieron más que minar la trayectoria de muchos cineastas japoneses, Kurosawa supo torear las imposiciones gubernamentales a su manera durante la primera mitad de los cuarentas realizando filmes propagandísticos para nada desdeñables (aunque un tanto pasados de rosca). El fin de la guerra significó un nuevo renacer para Japón, momento en el cual se derrumbaron las fronteras y se sosegó la enfermiza vorágine censuradora durante el Imperio. Kurosawa tardó poco más de un año en dejarnos sus primeras perlas tras el fin de la guerra, no obstante, hasta 1950 con Rashomon, no veríamos su primera gran obra maestra que con el tiempo significó el pistoletazo de salida a una prolífica y exitosa carrera en la gran pantalla. Un film exótico, extraño y atractivo de obligatorio visionado, recordad; “En la vida hay dos cosas que no puedes pasar por alto: una es conocer a Wagner, la otra, ver Rashomon”.

Una pesadilla epistemológica.


*No os perdáis el especial de la vida de Kurosawa (100 años de Akira Kurosawa).


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